Prometeo y la astucia
Érase una vez, al borde de un bosque antiguo donde corrían aguas frescas, vivía el maestro sabio Prometeo. El maestro inteligente quería mostrar el camino a las personas con las obras a las que daba forma con barro y enseñarles las virtudes. Un día decidió hacer la estatua lisa y magnífica de la Verdad que guiaría a la humanidad. Amasó con paciencia el barro rojo y le dio una forma tan elegante que calentaba el corazón de todo el que miraba la estatua. Esta estatua, que estaba en el rincón del taller que brillaba como la plata, era el símbolo más bello de la honradez. Justo en ese momento el dios principal Zeus mandó un mensaje urgente y llamó al maestro sabio a su palacio. Cuando Prometeo salió del taller, su aprendiz astuto y celoso Engaño se deslizó dentro a escondidas.
El aprendiz astuto miró la obra maravillosa de su maestro y decidió hacer un gemelo de ella. “Yo tengo tanto talento como el maestro y puedo engañar a todos”, susurró para sí mismo. Dio forma al barro a toda prisa e intentó hacer una copia exacta de la estatua que había hecho su maestro. Terminó a la perfección la cabeza y el cuerpo de la estatua, pero cuando llegó a los pies se le acabó el barro. Como el tiempo se acababa, colocó con prisa junto al horno la estatua a la que le faltaban los pies. Cuando Prometeo volvió, miró con admiración las dos estatuas que estaban una al lado de la otra y no pudo entender la diferencia entre ellas. “Las dos parecen perfectas”, dijo, y sopló el aliento de la vida en las dos estatuas.
La estatua verdadera que tomó aliento empezó enseguida a caminar hacia adelante con pasos graves y seguros. Pero la estatua falsa que había hecho el aprendiz astuto se quedó clavada en su sitio porque no tenía pies. Por muy hermosa que parezca la falsedad, siempre le falta un apoyo para dar un paso. El maestro sabio comprendió su error y dio el nombre de Mentira a esta obra incompleta que había hecho el aprendiz. Desde aquel día la honradez pasea libremente por el mundo, mientras la mentira se quedó siempre atascada en su sitio. Aunque la realidad imitada deslumbre a primera vista, la mentira no tiene pies para andar. La mentira tiene las patas cortas.