Los dos mulos y los ladrones
Érase una vez, dos mulas caminaban una junto a la otra por un sendero estrecho que se extendía a la sombra de espesos pinos. Una de ellas llevaba pesados sacos llenos de oro del tesoro del rey, la otra simples sacos de trigo que se llevaban al molino. La mula que llevaba el oro caminaba con orgullo haciendo sonar las campanillas de plata de su cuello y esparcía soberbia a su alrededor. La otra mula, cuya carga no valía nada, seguía su camino en silencio y con paciencia, con la cabeza baja. Los cantos de los pájaros que venían de lo profundo del bosque acompañaban el ritmo sereno de aquel viaje. La mula soberbia se jactó, se volvió hacia su compañera y empezó a hablar con aire despectivo. "¡Mira el brillante tesoro que llevo encima, yo cargo con un bien precioso digno de reyes!", dijo.
La mula humilde respiró hondo y movió levemente la cabeza. "Solo hago mi deber, amiga mía; una carga pesada y la fama no siempre traen paz", respondió. Cuando el sol estaba justo en lo alto, en una curva escondida aparecieron de pronto unos bandidos armados. El jefe de los bandidos siguió el sonido de las campanillas de plata y se lanzó derecho sobre la mula que llevaba el oro. Los hombres, que querían apoderarse de la carga rica, atacaron sin piedad al pobre animal y lo hirieron a golpes de palo. Los bandidos saquearon deprisa los pesados sacos llenos de oro y se perdieron en la oscuridad del bosque. La mula que llevaba el trigo, por su carga sin valor, no despertó ningún interés en los ladrones y quedó ilesa.
Después de que se fueran los bandidos, la mula soberbia, tendida en el suelo con las heridas sangrando, empezó a gemir de dolor. "¡Por mi carga pesada y mi porte vistoso casi pierdo la vida, qué equivocada estaba!", sollozó. La otra mula se acercó con ternura a su compañera e intentó vendarle las heridas. El animal humilde, agradecido de seguir vivo, consoló a su amiga y la ayudó despacio a ponerse en pie. Las dos amigas siguieron su camino con más sabiduría tras esa amarga experiencia que llegó después de la tormenta. La riqueza vistosa invita a menudo a grandes peligros, mientras que una vida sencilla y humilde protege a la persona de las desgracias. Poca comida, cabeza sin preocupaciones.