Los carneros y el carnicero
Hace mucho tiempo, en un valle ancho por donde las aguas frescas corrían con suavidad, vivía un rebaño de carneros que se enorgullecía de sus imponentes cuernos. Cada mañana estos animales gallardos comían la hierba fresca cubierta de rocío y corrían alegres por los campos con sus cuerpos robustos. Pero lo único que les faltaba era ese fuerte sentimiento de unión que debían ofrecerse unos a otros en un momento de peligro. Los olores agudos y los ruidos que salían del sendero estrecho junto a la granja parecían anunciar los días oscuros que se acercaban. Un buen día, un carnicero despiadado, con un cuchillo reluciente en la mano, apareció en la puerta de madera del redil. La piedra de afilar que llevaba al cinto y su mirada fría, que delataba su intención, no escaparon al viejo carnero del rebaño. El viejo carnero presintió el desastre que se acercaba y llamó a sus compañeros con honda inquietud y gran agitación.
'Amigos míos, este hombre viene a acabar con todos nosotros, así que debemos unirnos ahora mismo y oponernos a él', dijo. Sin embargo, los carneros jóvenes e indiferentes no quisieron escuchar esta justa advertencia de su viejo amigo. Uno del rebaño se adelantó y respondió con reproche: '¿Por qué nos quitas la paz en vano?' 'Hoy el hombre se llevará solo a uno de nosotros, y los demás seguiremos paciendo en los prados verdes', añadió. El egoísmo y una indiferencia ciega cubrieron pronto la mente de los carneros como una niebla. Cada uno prefirió retirarse en silencio a su rincón, creyendo que su turno no llegaría nunca. El carnicero, sin encontrar resistencia alguna, apartó del rebaño al primer carnero que había elegido y se lo llevó.
Al día siguiente el carnicero volvió al redil y sacó despacio a otro carnero fuerte. Los que quedaron miraron esta triste partida solo desde lejos, creyendo que el peligro no los tocaba. Mientras los días pasaban uno tras otro, el número de carneros del rebaño bajó deprisa y el redil quedó del todo desierto. Al final, cuando el carnero indiferente que se había quedado solo en el redil comprendió que le tocaba a él, ya era demasiado tarde. En el momento en que entendió el valor de actuar juntos, no le quedaba ni un solo amigo a quien pedir ayuda. Una amenaza común a la que no se resiste en común está condenada a destruir a todos, uno por uno, con el tiempo. Donde hay unión, hay paz.