Los bueyes que llevaban estiércol
Érase una vez, en un encantador pueblo de Anatolia donde florecían flores de dulce aroma, vivían dos bueyes enormes. Conocidos por sus músculos fuertes y su mirada paciente, estos dos amigos eran el mayor ayudante del aldeano en toda labor pesada, desde el arado hasta el carro. En una templada mañana de primavera, los uncieron a un pesado carro lleno de boñiga y estiércol, para que los campos se volvieran fértiles. Mientras el sol subía por el cielo, el chirrido de las ruedas empezó a resonar en la ancha llanura. Pero el olor de la tierra húmeda y de la pesada carga le había estropeado del todo el humor al buey joven. El buey joven arrugó la nariz e intentó espantar con su cola oscilante las moscas que se agolpaban sobre ellos. Volviéndose hacia su viejo y experimentado compañero, empezó a refunfuñar con ira.
"Nosotros que somos animales majestuosos, ¿por qué tenemos que llevar esta carga maloliente?", estalló. "¡Los demás animales que pasan por el camino nos miran y se burlan, nuestra reputación queda arruinada!", siguió quejándose. Se sentía aplastado bajo la pesada carga y a cada paso arrastraba un poco más las patas. El buey sabio, en cambio, siguió caminando con calma y con un porte digno, sin alterar en nada sus pasos. Mirando con ternura a su joven amigo, tomó un hondo respiro. "Esta fea carga que ves, por muy inútil que parezca desde fuera, es la fuente oculta de la vida", dijo. "Si no alimentamos esta tierra, ni crecerán las espigas ni llegará pan caliente a nuestra mesa", añadió.
Cuando llegaron al campo, el granjero esparció con esmero el estiércol del carro sobre la tierra recién arada. Aquel olor rico y generoso de la tierra sustituyó el olor desagradable de hacía un momento por una dulce paz. En aquel instante el buey joven comprendió que su propio esfuerzo se convertiría en el futuro en un mar de sembrados verdísimos. Bajando la cabeza con vergüenza, pidió perdón a su viejo compañero y regresó con orgullo. Desde entonces había aprendido a mirar no la apariencia de su trabajo, sino la abundancia que traía. Incluso en el trabajo más humilde se esconde un gran valor que alimenta los brotes del futuro. No hay bendición sin esfuerzo.