Lo que el asno dijo al viejo pastor
Érase una vez, en una vieja aldea de montaña por donde corrían aguas frescas, un pastor anciano. El pastor tenía un burro trabajador y paciente. Cada mañana, al salir el sol, tomaban el camino del prado y trabajaban en silencio hasta la tarde. El viejo pastor hacía llevar siempre las cargas al mismo animal fiel y le contaba sus penas. El burro, conforme con su destino, seguía llevando los pesados sacos sin quejarse jamás. Un día, del otro lado del valle empezaron a levantarse nubes de polvo. Los cascos de los soldados extranjeros que se acercaban hacían temblar la tierra con gran estruendo.
El viejo pastor presintió el peligro y empezó a temblar de miedo y de pánico. Corrió enseguida hacia su burro e intentó tirar de su cuerda con prisa. "¡Apresúrate, amigo mío, tenemos que huir o el enemigo nos atrapará!", gritó. Pero el burro se quedó donde estaba y miró al pastor sin inmutarse. Con un hondo suspiro, le preguntó al pastor con curiosidad. "El nuevo amo que me atrape, ¿me pondrá el doble de albardas sobre el lomo?" El pastor negó con la cabeza, sorprendido, y dijo: "No, claro que llevarás una sola albarda otra vez."
El burro siguió pastando tranquilamente y respondió con una sonrisa sabia. "Entonces no hay ninguna razón para que yo huya", dijo. "Ya lleve tu albarda o la de otro, ¿qué cambia para mí?" "Mientras mi carga siga siendo la misma, no me importa quién sea mi amo." El pastor, sin saber qué decir, dejó atrás a su burro y huyó solo hacia el bosque. Mientras las condiciones de vida y las cargas pesadas no cambien, al oprimido poco le importa quién sea el amo. El que llega hace echar de menos al que se fue.