Las plañideras alquiladas
Había una vez una casa grande y rica más allá de los valles verdes. En esa casa hermosa vivía un hombre viejo y muy rico. Un día el anciano se puso enfermo de repente y murió. Sus hijas dulces y buenas sintieron una tristeza muy honda. Las niñas lloraban en silencio y sufrían mucho por dentro. Pero la costumbre pedía llantos muy fuertes en el funeral.
Los parientes pagaron dinero y alquilaron plañideras del pueblo. Esas mujeres alquiladas llegaron a la casa y gritaron muy fuerte. Se tiraban del pelo, se golpeaban el pecho y lloraban lágrimas falsas. Una de las hijas se sorprendió mucho y miró con curiosidad. La niña pequeña se acercó despacio a la plañidera vieja. "Perdimos a nuestro padre, pero no lloramos tan fuerte como ustedes", dijo.
"Ustedes nunca lo conocieron, ¿cómo pueden estar tan tristes?", preguntó. La vieja plañidera secó sus lágrimas y sonrió a la niña. La mujer le susurró muy bajito al oído. "Querida niña, ustedes lloran por el dolor verdadero del corazón", dijo. "Nosotras gritamos así por las monedas de oro", añadió. La niña pequeña entendió que el brillo del oro no es amor. Una tristeza comprada nunca ocupa el lugar de los sentimientos verdaderos. Solo la madre llora de verdad; las demás lloran mentiras.