Las cabras barbudas
Érase una vez, en la cima de una montaña alta más allá de los valles verdes, vivían alegres rebaños de cabras. Las cabras que andaban por los senderos rocosos de esta montaña miraban con admiración las barbas largas y majestuosas en las barbillas de los machos. Se reunían entre ellas y hablaban con emoción de que también ellas debían tener este bello adorno. Por fin un día se presentaron ante el ser sublime que era el juez sabio de las montañas para expresar su deseo. Inclinándose con respeto, le rogaron con sinceridad que les concediera barbas vistosas como las de los machos. El juez sabio de las montañas no rechazó este deseo encantador de las cabras y aceptó enseguida su ruego.
Cuando despertaron a la mañana siguiente, en las barbillas de las cabras empezaron a crecer barbas suaves y brillantes. Las cabras, orgullosas de su nuevo aspecto, balaban con alegría y caminaban con orgullo por los prados. Pero cuando los machos vieron esta situación, les entró un gran asombro y una gran ira. Pensando que habían perdido el privilegio de sus barbas vistosas, corrieron enseguida junto al juez sabio. El macho que era el líder de los rebaños expresó su objeción en voz alta con un tono lleno de celos. “Señor mío, ¿cómo podéis dar a las cabras este título y este honor que nos pertenecen?”, preguntó.
“¿Qué diferencia nos queda ahora con ellas para mostrarnos en las montañas con nuestra majestad?”, dijo con reproche. El juez sabio sonrió a los machos enfadados y respondió con voz tranquila. “¿Qué daño hay si ellas también disfrutan de este aspecto exterior sin importancia y de este adorno vacío?”, dijo. “Que haya barbas en sus barbillas no os quita de las manos vuestra fuerza y vuestro valor”, añadió. “Aunque el aspecto exterior sea parecido, la fuerza verdadera y el liderazgo quedarán siempre escondidos en vuestro corazón”, con estas palabras los calmó. Ante estas palabras profundas los machos comprendieron su error y volvieron en silencio a los caminos rocosos. El valor verdadero no está escondido en los adornos de fuera, sino en la fuerza y la firmeza del interior de la persona. Si la barba hiciera al hombre, la cabra sería abuelo.