La viuda y el soldado
Érase una vez, más allá de los valles verdes, un pueblo silencioso y tranquilo. En este pueblo vivía una mujer triste que lloró durante días después de que su esposo muriera muy joven. Cada tarde la mujer iba junto a la piedra conmemorativa de la colina alta y trataba de aliviar su dolor con oraciones. En la torre cerca de aquella colina había un soldado valiente que guardaba por turnos la valiosa armadura del reino. El soldado notó la profunda tristeza de la mujer y decidió acercarse a ella para consolarla. Las dos personas solitarias hablaron largamente bajo las estrellas y compartieron sus penas y sus esperanzas. Mientras el tiempo corría como el agua, las cálidas palabras del soldado empezaron a derretir las montañas nevadas del corazón de la mujer.
Sin embargo, en un momento escondido de la noche oscura, un ladrón astuto se acercó en silencio a la torre. El ladrón robó en secreto la armadura del reino hecha de oro puro, que el soldado debía guardar, y desapareció. Cuando el soldado volvió a su puesto y vio que la armadura no estaba en su lugar, se llenó de horror. “¡Ay, el rey nunca perdonará este error mío y me castigará duramente!”, gritó. El soldado, con los ojos rojos de tanto llorar, llegó en su desesperación al punto de renunciar a su vida. La mujer no aceptó de ninguna manera que este soldado de buen corazón, que le había mostrado cariño, cayera en apuros. Para consolarlo y salvarlo, ideó enseguida un plan inteligente en su mente.
La mujer sacó enseguida del arcón la vieja pero brillante armadura de guerra que le había dejado su esposo muerto. Le entregó esta magnífica armadura al soldado y le dijo que la pusiera en el lugar de la pieza que faltaba. Gracias a este sacrificio y a esta inteligencia de la mujer, el soldado se salvó por completo de la ira del rey. Este suceso hizo aún más fuerte el vínculo entre las dos personas y abrió la puerta de un nuevo comienzo. Juntos dejaron atrás la sombra del pasado y decidieron mirar el futuro con esperanza y caminar uno al lado del otro. La vida puede traer nuevas esperanzas incluso desde las tristezas más profundas, en momentos inesperados. Mientras hay vida, hay esperanza.