La serpiente domesticada
Érase una vez, al borde de un viejo bosque donde fluían aguas frescas, un leñador bondadoso. Aquel anciano había acogido a una pequeña víbora que había encontrado herida y desamparada en el jardín de su cabaña. Había alimentado con leche caliente a aquella criatura frágil que estaba a punto de morir de frío, y la había cuidado con ternura. Con el tiempo la serpiente creció y, con sus escamas brillantes y su ágil deslizarse, se convirtió en la amiga más cercana del leñador. Cada vez que los aldeanos le advertían, el leñador sonreía y decía que aquella criatura adorable jamás haría daño. Una templada mañana de primavera, mientras el leñador descansaba en la glorieta de madera de su jardín, la serpiente se acercó a él. El anciano empezó a susurrarle dulces palabras a su amiga, acariciando con cariño su lomo brillante.
"Te crié con mis propias manos, ahora eres un miembro manso y fiel de esta casa", dijo. Pero en los ojos de la serpiente, animada por el calor del sol, apareció de pronto un brillo salvaje. Aquel impulso peligroso, que la naturaleza no había podido cambiar, había despertado de nuevo en la sangre de la serpiente. La serpiente siseó de repente, se tensó y se lanzó para clavar sus afilados dientes en la mano del leñador. Aunque el hombre logró retirar la mano en el último instante, los dientes venenosos de la serpiente rasgaron la manga de su ropa. Con profundo asombro y tristeza, el leñador saltó hacia atrás y miró a su amiga. "Yo te mostré misericordia y te abrí mi mesa, y tú intentas envenenarme", gritó.
La serpiente miró al hombre con ojos fríos y empezó a deslizarse con astucia entre los arbustos. En aquel momento el anciano comprendió que, por mucho que se esforzara, jamás podría cambiar la esencia de un animal salvaje. Con el bastón que tenía en la mano alejó a la serpiente de su cabaña y protegió del peligro a sí mismo y a su casa. El leñador, que a duras penas salvó la vida, suspiró hondo al ver que la criatura a la que había alimentado había sucumbido a su naturaleza. Desde aquel día aprendió con amarga experiencia que debía mostrar su misericordia a quienes la merecen. Por mucho bien que se haga a las criaturas de mala índole, su peligrosa esencia jamás cambia. No en vano decían nuestros mayores: Cría cuervos y te sacarán los ojos.