La queja de la oveja contra el lobo
Érase una vez, más allá de los valles verdes, un justo reino del bosque donde todas las criaturas vivían en paz. Al frente del rebaño de blancos corderos, los habitantes más gentiles de aquella hermosa tierra, vivía una oveja sabia y valiente. Sin embargo, el lobo astuto y cruel que se escondía tras las sombras sembraba un miedo constante en el rebaño inocente que pastaba. A pesar de todas las advertencias pacíficas de la oveja, el lobo jamás dejó de arrebatar por la fuerza la abundancia del prado. La inocente oveja, desesperada, decidió por fin acudir al sabio león que presidía el tribunal de justicia, para que se hiciera justicia. Ante el augusto león, la valiente oveja contó una por una las injusticias sufridas, con una voz que expresaba una honda tristeza.
"Oh justo soberano del bosque, este lobo cruel no solo nos roba el sustento, sino que atenta contra nuestra vida", clamó. El lobo astuto, que trataba de ocultar su propia culpa, se adelantó enseguida y empezó su defensa con lengua taimada y dulce. "Augusto rey mío, estas acusaciones son del todo infundadas; yo solo caminaba tranquilo por el sendero que es mi propio derecho", dijo el lobo. El lobo afirmó con astucia que la oveja lo acusaba injustamente y que la verdadera víctima era él mismo. Los demás animales presentes en el tribunal quedaron asombrados ante aquella actitud descarada del lobo y empezaron a cuchichear. Pero el sabio león, mirando con ojos penetrantes dentro de los ojos del lobo, percibió y comprendió al instante la oscura intención tras la mentira.
El rey justo, que quería sacar a la luz la verdad, exigió a ambas partes que llamaran a sus testigos ante el tribunal. La vieja corneja y el anciano zorro que pastaban en el prado declararon con valentía que habían sido testigos con sus propios ojos de los tormentos que el lobo infligía a la oveja. El lobo cruel, con su mentira del todo descubierta, tuvo que bajar la cabeza avergonzado ante el tribunal. El sabio león, con un rugido, decidió que el lobo fuera expulsado del bosque y que se reparara el daño sufrido por la oveja. Al hacerse justicia, todos los animales inocentes del bosque respiraron hondo y aliviados. La justicia, que se pone del lado de quien tiene razón, acaba por dejar en nada la treta y la tiranía del opresor. La vela del mentiroso solo arde hasta la oración de la noche.