La pulga y la enfermedad
Érase una vez, más allá de los valles verdísimos, en el corazón de un reino espléndido, donde se encontraron dos viajeros extraños. Uno era una Pulga diminuta e inquieta, y el otro una Enfermedad taimada que se instalaba en las articulaciones de los hombres. Ninguno de los dos estaba contento con las casas que los albergaban durante la noche, de modo que empezaron a contarse sus penas. Bajo los destellos plateados de la luz de la luna, se quejaban del carácter de las personas en cuyas casas se hospedaban. Al final, compadecidos de su propia suerte, tomaron una decisión inconcebible para cambiar su destino. La Pulga suspiró hondo y comenzó a hablar con voz apesadumbrada. "Vivo en el lecho de seda de un señor rico, pero el hombre llama sin cesar a sus criados para que me cacen", dijo.
"De tanto jugar a las persecuciones toda la noche, no he hallado ni un sorbo de sosiego", añadió. La Enfermedad, en cambio, miró a la Pulga con ojos quejumbrosos y contó su propia desdicha. "Y yo estoy en el cuerpo de un pobre leñador, pero el hombre corta leña con el hacha de la mañana a la noche", dijo. "Como se mueve sin descanso, el dolor de mis huesos no me deja fuerza alguna", se lamentó. Entonces la sagaz Pulga, con los ojos relucientes, hizo una propuesta astuta. "Pues cambiemos de sitio esta noche, tú vete a mi rico y yo iré a tu leñador", dijo. A la Enfermedad le pareció muy tentadora la idea, y ambos se pusieron de acuerdo enseguida y emprendieron el camino.
Al caer la noche, la Pulga se deslizó a escondidas en la humilde cabaña del pobre leñador. El leñador, que había trabajado todo el día, cayó en un sueño tan profundo que la Pulga se alimentó a sus anchas hasta el amanecer. La Enfermedad, por su parte, se instaló en el cuerpo del señor rico, que yacía en un blando lecho de plumas. Cuanto más se retorcía de dolor el caballero y más quieto permanecía, con mayor deleite echaba raíces la Enfermedad. Cuando salió el sol, los dos viajeros comprendieron que habían pasado la noche más cómoda de su vida. Ante una armonía tan perfecta, decidieron no volver jamás a sus antiguos lugares. Todo ser alcanza la paz y el sosiego solo cuando encuentra las condiciones que le convienen. Cada cosa pesa todo su peso en su propio lugar.