La pulga y el buey
Hace mucho tiempo, junto a un viejo bosque donde corrían aguas frescas, había una granja verde. En esta hermosa granja vivía un buey muy fuerte y enorme. El buey fuerte trabajaba con paciencia cada día y araba los campos con alegría. En su lomo se escondía una pulga muy pequeña pero astuta. La pequeña pulga presumía porque llevaba una vida cómoda sin trabajar nada.
Un día, la pulga se acercó despacio a la oreja del enorme buey. «Eres tan grande y fuerte, ¿por qué sirves a los humanos?», preguntó. «Yo soy muy pequeña, pero nunca obedezco a los humanos y los muerdo», dijo. Al oír estas palabras, el buey sacudió lentamente la cabeza y sonrió. «Los humanos me dan hierba fresca y agua limpia todos los días», dijo. «Además me acarician la cabeza con cariño y me protegen siempre», añadió. Sorprendida por esta respuesta, la pulga se rió en alta voz.
«¡Pero esa mano suave suya es un gran peligro para mí!», dijo. «Si me atrapan, me aplastan y destruyen al instante», gritó. Mirando a la insensata pulga, el buey continuó hablando con calma. «Las criaturas que reciben bondad se unen a los humanos con lealtad y amor», dijo. «En cambio tú, como solo causas daño, siempre vivirás con miedo», añadió.
En ese preciso momento, el dueño de la granja se acercó al buey y le acarició el lomo. Aterrada, la pequeña pulga saltó de inmediato al suelo y desapareció entre los matorrales. La bondad y el esfuerzo siempre traen amor, mientras que quienes hacen daño se quedan solos. Quien bien hace, bien encuentra.