La Promesa del Viajero
Había una vez un viajero pobre pero muy astuto. En un caluroso día de verano emprendió un largo camino. Durante el viaje se le acabó la comida y sintió mucha hambre. En el camino rezó a Hermes, el protector de los viajeros. "Si encuentro comida, te ofreceré la mitad," dijo. Al cabo de un rato vio una bolsa grande junto al camino.
Abrió la bolsa enseguida y encontró muchas almendras y dátiles. El viajero se sentó contento y comió toda la comida deprisa. Apartó a un lado las cáscaras de almendra y los huesos. Cuando quedó lleno, fue hasta la estatua de Hermes. Colocó despacio las cáscaras y los huesos ante la estatua. "Mira, ahora cumplo la promesa que te di," susurró.
"Te doy el exterior y el interior de mi hallazgo." "Yo comí la fruta blanda, y las cáscaras y los huesos son tuyos." El astuto viajero siguió feliz su camino, confiado en su engaño. Pero aquel engaño nunca le trajo una riqueza verdadera. Cumplir las promesas con trampas no beneficia a nadie. La mentira tiene las patas cortas.