La petición de los perros
Érase una vez, más allá de los valles verdes, había un país alegre donde las personas y los animales vivían juntos. Los perros fieles que vivían en este país trabajaban día y noche y protegían las casas y los rebaños de sus dueños. Pero en los días helados del invierno solo les daban huesos secos, y eso les apretaba el corazón cada día más. Al final el perro más viejo y más sabio del pueblo, Pamuk el de las orejas grandes, reunió a todos los suyos bajo el gran plátano. Su objetivo era enviar una petición oficial al Reino del Cielo para cambiar su vida penosa. Los perros prepararon una petición larga que contaba sus penas con frases adornadas y la metieron en una caja de plata.
Para cumplir esta tarea importante eligieron de entre ellos a los dos mensajeros más rápidos y más valientes. Los mensajeros salieron a un viaje largo que llegaba más allá de las nubes para alcanzar el palacio del rey sublime. Después de una subida dura que duró días, llegaron por fin al jardín del palacio magnífico de puertas de oro. El esplendor del palacio y los olores sabrosos de comida que venían de dentro les dieron vueltas a la cabeza a los mensajeros. Justo cuando iban a presentarse ante el rey, oyeron los pasos ruidosos de los guardias del palacio y les entró un gran miedo. Mientras corrían de un lado a otro con gran prisa, perdieron en lo hondo del palacio la caja de plata con la petición valiosa.
Temiendo la ira del rey, los mensajeros no pudieron entregar la petición, metieron la cola entre las patas y se alejaron enseguida de allí. Los otros perros que esperaban abajo con curiosidad sintieron una gran decepción al ver a los mensajeros volver con las manos vacías. Cuando los mensajeros reconocieron con vergüenza que habían dejado caer la carta, todos se pusieron a buscar la petición perdida. Desde aquel día los perros empezaron a olerse unos a otros para encontrar cuál de la embajada escondía el mensaje. Todavía hoy, cuando se encuentran en cada esquina, se miran las colas unos a otros con la esperanza de hallar el rastro de aquella vieja petición. El trabajo que se deja a medias por miedo a tomar la responsabilidad deja detrás una curiosidad y un desorden sin fin. El arrepentimiento tardío no sirve de nada.