La perra y sus cachorros
Érase una vez, al borde de un viejo bosque por donde corrían aguas frescas, una cabaña cálida. En esta cómoda cabaña vivía un perro generoso y de buen corazón llamado Karabaş. Una tarde de otoño, mientras la tormenta azotaba todo, llegó a su puerta una perra preñada. La pobre huésped, con el cuerpo helado y la mirada desamparada, le pidió a Karabaş un lugar donde refugiarse unos días. Karabaş se apenó mucho por el estado de su huésped y le abrió con gusto su propio hogar. Poco tiempo después la perra trajo al mundo a sus cachorros diminutos y adorables.
Karabaş los ayudó hasta que los cachorros crecieron y aceptó dormir en el patio de la cabaña. Las semanas pasaron deprisa y los pequeños cachorros se hicieron perros adultos grandes y fuertes. Cuando los fríos días del invierno llamaron a la puerta, Karabaş quiso volver a su propio hogar cálido. Se acercó con cortesía a la perra y le preguntó: "Tus cachorros ya han crecido, ¿me devuelves mi hogar?" Pero la perra miró a Karabaş sin que quedara rastro de su antigua actitud agradecida. "Mis hijos y yo estamos muy a gusto aquí y no tenemos intención de ir a ninguna parte", dijo con frialdad.
Karabaş protestó con asombro: "Pero yo os abrí los brazos con bondad en vuestro día difícil." La perra, en cambio, mostró los dientes y respondió: "Si quieres echarnos de aquí, tendrás que luchar contra los cinco a la vez." Cuando Karabaş miró a la jauría numerosa y fuerte que tenía delante, comprendió que solo no podía hacer nada. Se dio cuenta con pena de lo grande que había sido el error de compartir su cabaña por un simple momento de lástima. Víctima de la injusticia, bajó la cabeza y tuvo que alejarse de aquella hermosa cabaña cálida. Karabaş, que recibió ingratitud a cambio de su generosidad, juró no dar nunca más un poder sin límites a quienes no conocía. La bondad hecha sin pensar puede costarle a uno a veces su propia casa y su paz. Cría cuervos y te sacarán los ojos.