La mujer que da a luz
Érase una vez, en una preciosa cabaña del Valle de las Flores por donde corrían ríos impetuosos, una mujer joven. Conocida por su carácter alegre y su corazón servicial, esta hermosa mujer esperaba con impaciencia el día en que pronto tendría a su primer bebé en brazos. Los vientos de primavera que entraban por la ventana de la cabaña esparcían por la habitación el olor de la manzanilla seca y de la tierra fresca. La fiel comadrona de la casa removía el té de tilo curativo que hervía sobre el fogón y permanecía con cariño junto a la joven. Cuando por fin llegó aquel día grande y milagroso, una dulce emoción cubrió el valle. Pero cuando empezaron los dolores del parto, un dolor hondo y un gran miedo cubrieron el rostro alegre de la joven.
Los fuertes dolores aumentaban minuto a minuto y llevaban la paciencia de la mujer hasta el límite. Incapaz de soportar el peso del dolor, la mujer miró a la comadrona entre lágrimas y empezó a gritar en voz alta. "Nunca más soportaré un dolor así y nunca más daré este paso tan duro", gritó. La comadrona experimentada puso un paño tibio sobre la frente sudorosa de la joven y la escuchó con calma. La comadrona sonrió y dijo: "Las grandes promesas hechas en momentos difíciles son como una hoja ante el viento, hija mía." Pero la joven, bajo el efecto del dolor, repitió que no cambiaría de idea y que nunca más sufriría.
En ese instante, dentro de la cabaña estaba a punto de oírse el primer aliento de un pequeño milagro. Tras los últimos minutos pasados con un hondo esfuerzo, el llanto de un bebé diminuto rompió el silencio de la habitación. La comadrona envolvió con cuidado al bebé sano y perfumado y lo dejó despacio en los brazos amorosos de su madre. En cuanto tocó el pecho de su madre el bebé calló, y la mujer sintió una paz infinita llenarle el corazón. Todos los dolores sufridos y todos los juramentos hechos unos minutos antes se esfumaron de pronto ante aquel par de ojitos. Mientras la joven olía y besaba a su bebé, comprendió con una sonrisa que todas las dificultades vividas valían esta gran felicidad. Las penas que se sufren en tiempos difíciles se olvidan pronto a la luz de las grandes alegrías que llegan. No hay bendición sin esfuerzo.