La mujer pendenciera
Érase una vez, al borde de un bosque antiguo donde las aguas frescas corrían con ímpetu, un labrador honrado y su mujer malhumorada. Esta mujer tenía un carácter duro, conocido por todos los que la rodeaban por su terquedad, y contradecía cada palabra. Aunque el pobre hombre trataba con paciencia de llevar su casa, los modos pendencieros de su mujer les quitaban la paz por completo. Cuando su marido decía "blanco" de algo, la mujer decía "negro", y cuando él giraba a la derecha, la mujer torcía a la izquierda. Ni siquiera las palabras más dulces bastaban jamás para ablandar el corazón duro de esta mujer testaruda. En un caluroso día de verano los dos esposos fueron a trabajar a sus campos a la orilla del río que corría con ímpetu. "¡El agua hoy hace mucha espuma y está muy brava, no te acerques a la orilla!", advirtió el hombre a su mujer con cortesía.
La mujer frunció enseguida el ceño y gritó con ira: "¡No es nada brava, qué cobarde eres!" La mujer malhumorada avanzó hasta el mismo borde de las rocas mojadas, solo para desmentir la palabra de su marido. Pero cuando su pie resbaló en una piedra cubierta de musgo, perdió el equilibrio y cayó entre gritos a las aguas impetuosas. Las olas bravas se tragaron en un instante a esta mujer obstinada y lograron arrastrarla hacia las profundidades. El marido afligido llamó enseguida a los aldeanos de los alrededores para que ayudaran e inició una búsqueda amplia. Pero el hombre, entre las miradas atónitas de todos, corría río arriba, en sentido contrario al que fluía el río. Los aldeanos, asombrados, quisieron detener al hombre diciendo: "¿Por qué buscas río arriba? ¡La corriente del agua va hacia abajo!"
El labrador suspiró hondo y movió la cabeza de un lado a otro con ojos afligidos. "Vosotros no sabéis qué persona tan obstinada y malhumorada era mi mujer", dijo. "En vida había tomado la costumbre de ir siempre en contra de todo y de todos." "Aunque las aguas corran hacia abajo, ¡su cuerpo sin vida seguro que ha nadado hacia arriba contra la corriente!" Por desgracia, los que buscaban no hallaron jamás rastro de la mujer ni abajo ni arriba. La terquedad que dedica su vida a la oposición constante y a sembrar inquietud alrededor no trae a su dueño más que ruina. La mucha astucia rompe el saco.