La mosca y el mulo
Érase una vez, al borde de un viejo bosque por donde corrían aguas frescas, una mula grande llevaba las pesadas cargas de su dueño. Bajo el sol caliente del verano subía con paciencia por un sendero largo y empinado. En ese momento una mosca pequeña, que planeaba con orgullo por el aire, se acercó a las orejas anchas y fuertes de la mula. La mosca era una criatura soberbia que se creía el ser más importante y más pesado del mundo. Al ver los pasos incansables de la mula, decidió posarse en su lomo. La mosca gordinflona se instaló sobre la cabeza de la mula y miró alrededor jactándose. Al cabo de un rato, al notar que la mula aminoraba, empezó a zumbar con voz fea.
"¡Eh, pobre mula! ¿Por qué caminas tan despacio?", gritó con soberbia. "Si mi peso te cansa demasiado, dilo y volaré enseguida a otra rama", dijo. La mosca sonrió para sus adentros, pensando que aplastaba al enorme animal con su presencia. La mula, sin levantar siquiera la cabeza, siguió dando sus pasos con la misma firmeza. Al no recibir respuesta, la mosca zumbó aún más fuerte y repitió su pregunta. "Te estoy hablando: ¿no tienes miedo de que te aplaste mi carga tan pesada?", preguntó. Cuando la mula llegó a la sombra fresca de un árbol junto al camino, se detuvo y respiró hondo.
Movió despacio la cabeza y respondió con voz serena a la mosca que llevaba encima. "Créeme, no sabía nada ni de tu presencia ni de tu ausencia", dijo la mula. "A mí solo me importa la carga del carro que llevo detrás y el látigo en la mano de mi dueño", añadió. "El peso de una mosca pequeña como tú no es para mí más que un susurro del viento." La mosca, sin entender qué había pasado, no supo qué hacer de vergüenza y se alejó deprisa de allí. Las personas sin valor que exageran su propia importancia jamás dejan huella a los ojos de los fuertes. El barril vacío siempre hace más ruido.