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La mosca en la rueda del carro

Nivel C2 · 398 palabras

La mosca en la rueda del carro

Érase una vez una cuesta empinada que subía al borde de una amplia llanura donde ondeaban las espigas doradas. Mientras el sol brillaba justo en lo alto, un pesado y majestuoso carro de caravana tirado por cuatro fuertes caballos la trepaba muy despacio. Y en la rueda forrada de hierro del carro estaba posada una mosca pequeña e insolente que se tenía por un gigante. Mientras la rueda giraba, la densa nube de polvo que se levantaba alrededor cubrió por completo los ojos de la orgullosa mosca. Esta mosca, que no se preocupaba en absoluto por el peso de la carga que tiraban los caballos, empezó a mirar a su alrededor con jactancia. La mosca, que estiraba sus alas con aire engreído, zumbó alegremente y afianzó aún más su sitio sobre la rueda. "¡Mirad esta enorme nube de polvo que estoy levantando!", gritó llamando a los pájaros de los alrededores.

"¡Si no fuera por mi fuerza, este enorme carro jamás podría superar esa cuesta escarpada!", se jactó. Los caballos cansados, que sudaban a gruesas gotas mientras subían la cuesta, ni siquiera hicieron caso de esta ridícula presunción de la mosca. Pero una vieja hormiga que estaba al borde del camino no pudo permanecer callada ante este espectáculo ridículo. La hormiga llamó: "¡Eh, pequeña amiga, no eres más que un parásito que se arrastra sobre las espaldas de quienes tiran de la carga!" La mosca se enfureció ante estas palabras y replicó: "¡Cómo te atreves a menospreciar mi fuerza inmensa y mi esfuerzo!" Siguió hinchando el pecho, tomando por obra de su propia victoria el polvo que se levantaba en cada vuelta de la rueda. Sin embargo, al llegar al lugar más empinado y rocoso del camino, la sacudida del carro aumentó enormemente.

Los fuertes caballos forzaron sus músculos de acero y con un último empuje hicieron rodar las ruedas hasta la cima. Un gran trozo de barro que saltó arrojó de pronto a la orgullosa mosca desde la rueda hasta el suelo. La mosca, que quedó tendida en el polvo, contempló con asombro cómo el carro se alejaba deprisa incluso sin ella. No quedó el menor rastro ni de la tormenta que creía haber levantado ni de aquella gran fuerza suya. Con la vergüenza de haber creído inmensa su propia pequeña existencia junto a quienes hacen el verdadero trabajo, se escondió entre los arbustos. Quienes se elevan con el esfuerzo ajeno y toman su propia sombra por un gigante están condenados a comprender la verdad con el viento de la realidad. La espiga vacía se mantiene erguida.