La mariposa y el avispón
Érase una vez, junto a un viejo bosque por donde corrían aguas frescas, florecían flores de mil colores. En aquel jardín mágico vivía una mariposa orgullosa cuyas alas brillaban como la plata. La hermosa mariposa volaba alto todo el día y disfrutaba mucho contemplando su propia elegancia. En el otro extremo del jardín estaba una avispa muy trabajadora, con un aguijón afilado y rayas amarillas. La mariposa consideraba innecesario el trabajo constante de la avispa y siempre la miraba con desprecio. Un mediodía, cuando el sol estaba en lo más alto, la mariposa deslizó sus alas adornadas y se posó junto a la avispa. “¿Por qué trabajas sin descanso y te cansas tanto?”, dijo sonriendo con burla.
“Mírame a mí, gracias a mi noble pasado y a mi belleza encantadora todos me admiran”, añadió. La avispa, mientras llevaba a su nido el néctar que había recogido, respondió con voz tranquila. “Las vanas presunciones no llenan el estómago, y además eso que llamas belleza pasa como el viento”, dijo. La mariposa se enfadó con estas palabras, batió sus alas con furia y siguió menospreciando a la avispa. “Mi pasado también es noble, desde que era oruga tengo una belleza digna de palacios”, dijo. La avispa, negando con la cabeza, respondió: “Lo importante no es lo que fuiste, sino lo que aportas hoy a la naturaleza.” Justo en ese momento, una tormenta violenta estalló de repente y trastornó toda la paz del jardín.
El viento fuerte zarandeó con facilidad las alas delicadas y vistosas de la mariposa y la lanzó contra un arbusto. Sin fuerzas, la mariposa empezó a gritar pidiendo ayuda mientras se agitaba en medio de la tormenta. La avispa trabajadora, en cambio, gracias a sus alas fuertes y a su cuerpo resistente, logró refugiarse en un hueco seguro. Cuando la lluvia cesó, los colores brillantes de los que la mariposa presumía se habían apagado y sus alas delicadas estaban muy maltrechas. La avispa salió de su nido, miró a la mariposa y demostró que la vana presunción no sirve de nada en el momento del desastre. El verdadero valor no está en el brillo de la apariencia, sino en la fuerza del trabajo y de la humildad. El árbol se conoce por su fruto y la persona por su obra.