La liebre que quería cuernos
Érase una vez, en el corazón de un frondoso bosque donde las aguas frescas fluían suavemente, vivía un simpático conejo. Este conejo, que corría como el viento con sus ágiles patas, se había ganado el cariño y la admiración de todos los animales del bosque. Sin embargo, en su interior miraba con envidia los imponentes cuernos que los ciervos, los carneros y los espléndidos toros llevaban en la cabeza. "Ay, si yo tuviera también unos cuernos tan enormes, todos me temerían y me recibirían como a un rey", decía. Cada noche, antes de caer en su dulce sueño, se hundía en profundas ensoñaciones imaginando unos cuernos puntiagudos que se alzaban sobre su cabeza. Un día, no pudiendo soportarlo más, decidió ir al sabio reino del bosque y llevar su deseo al gran león, el Señor de los Bosques. Se presentó ante el sublime león y, inclinándose, suplicó: "Oh el más justo de los reyes, concédeme también a mí unos cuernos puntiagudos como los de los ciervos."
El sabio león escuchó con asombro este extraño deseo del conejo y le recordó que la naturaleza da un don distinto a cada ser vivo. "Hermano conejo, tu fuerza está en tu velocidad y en tu ligereza; unos cuernos pesados nunca convendrán a tu naturaleza", le advirtió. Pero como el ambicioso conejo no renunciaba a su insistencia, el sabio león aceptó su deseo para que le sirviera de lección. Con un toque mágico, en la cabeza del conejo aparecieron de pronto dos cuernos puntiagudos, duros, largos y bastante pesados. Loco de alegría, el conejo empezó a correr con orgullo hacia lo profundo del bosque y a mostrar sus cuernos a todos. "Mirad, ahora yo también soy una de las criaturas más fuertes e imponentes del bosque", gritó jactándose. Pero poco después se oyó de repente el gruñido de un lobo despiadado entre los arbustos, y sonaron las campanas de alarma.
El conejo intentó huir con desesperación, pero por culpa de los pesados cuernos de su cabeza había perdido su antigua y enorme velocidad. Al pasar entre los árboles espesos, sus enormes cuernos se engancharon en la hiedra y en las ramas gruesas y lo dejaron completamente indefenso. En aquel duro momento de lucha comprendió el valor de sus fuertes patas y de su agilidad, y se dio cuenta del gran error que había cometido. De un tirón liberó sus cuernos de las ramas, logró escapar a duras penas y corrió sin parar de nuevo junto al sabio león. Llorando, pidió que le quitaran los cuernos y, haciendo las paces con su propio ser auténtico, dio gracias por el equilibrio perfecto de la naturaleza. No estar contento con las propias cualidades y envidiar a los demás priva a la persona de los tesoros más valiosos que posee. Por ir a por lana, salir trasquilado.