La herencia misteriosa
Érase una vez, en un pueblo antiguo donde corrían aguas frescas, vivía un comerciante sabio. Este hombre viejo tenía tres hijos jóvenes que no se parecían nada entre sí. En los últimos días de su vida, el comerciante inteligente decidió dejar a sus hijos una herencia misteriosa. El juez más respetado del pueblo leyó el testamento ante todos después de la muerte del anciano. Mientras el hijo mayor y el mediano esperaban con impaciencia el oro brillante, el hijo menor escuchaba con curiosidad. Según el testamento, al hijo mayor le quedaron campos anchos, y al hijo mediano la tienda más grande de la ciudad.
Al hijo menor, Cemal, solo se le dio una vieja caja de madera tallada. Sus hermanos mayores se rieron a carcajadas de esta situación y pensaron que su hermano se había quedado sin parte. El hermano mayor dijo con orgullo: “A ti solo te ha tocado un trozo de madera sin valor.” Sin entristecerse en absoluto, Cemal abrió despacio la tapa de la caja pesada. Dentro de la caja, en lugar de joyas brillantes, solo había una llave vieja y una nota. En la nota estaba escrito: “El verdadero tesoro no es el que se ve con el ojo, sino el que se resuelve con la mente.”
Los hermanos mayores no lograron ponerse de acuerdo en el reparto del oro y pronto se enzarzaron en una pelea. Cemal, en cambio, se dio cuenta con calma de que la llave abría la biblioteca secreta bajo la casa. Detrás de la puerta el hermano pequeño encontró el tesoro de saber sin precio que su padre había escondido durante años. Gracias a estos libros sabios llegó a ser la persona más justa y respetada del pueblo. Sus hermanos mayores, que gastaron sus bienes con avaricia, tuvieron que refugiarse junto a su hermano sin remedio. Cemal resolvió el verdadero misterio del testamento de su padre y reunió de nuevo a su familia en unidad. La riqueza verdadera no nace del oro que se acaba, sino de la mente y del saber que no se acaban. La inteligencia es el mayor capital de la persona.