La gallina, los pollitos y el milano
Érase una vez, en un tranquilo corral de granja cuyas paredes cubría la hiedra amarilla, una gallina cariñosa que cuidaba de sus crías con el mayor esmero. Esta gallina maternal protegía del peligro a sus pollitos de suave plumaje y cada tarde les contaba cuentos hasta hacerlos caer en un dulce sueño. En la cima de los altos acantilados, en cambio, un milano había construido su nido: el orgulloso habitante del cielo, de mirada aguda y rapaz. Entre ellos existía un derecho de vecindad, y cuando lo necesitaban nunca dudaban en llamar a la puerta del otro. Un día la gallina decidió coser ropa cálida para sus pollitos, pensando en los días de invierno que se acercaban. Como no tenía una aguja firme con que coser, fue a ver a su vecino el milano, que planeaba en el cielo, y le pidió ayuda. Mientras el milano tendía a la gallina la reluciente aguja de plata que había sacado de su cofre, la advirtió con cuidado.
"Esta aguja es una herencia de mis antepasados; debes cuidarla con el mayor esmero y devolverla en cuanto termines tu labor", dijo. La gallina lo prometió, tomó alegremente el camino del gallinero y se puso a la obra de coser ropa multicolor para sus pequeños. Pero al caer la tarde, justo cuando daba la última puntada, la aguja de plata se le resbaló de la mano por el cansancio y desapareció entre la hierba. Con gran prisa la gallina empezó a escarbar la tierra, pero hasta que cayó la oscuridad no halló ninguna huella de la aguja. A la mañana siguiente el milano se plantó en la puerta, y cuando pidió de vuelta su herencia, la gallina se vio obligada a confesar la verdad con turbación. Ciego de rabia, el milano rugió: "No supiste guardar lo que te confié, así que me llevaré a tus pollitos hasta que encuentres mi aguja." Batiendo las alas, el milano se elevó en el aire, entornó los ojos y al instante codició las crías de la gallina indefensa.
Desde aquel día la gallina maternal nunca dejó de escarbar la tierra, de día y de noche, con la esperanza de encontrar la aguja perdida. En cada escarbada rebuscaba la tierra palmo a palmo y, para proteger a sus crías, las ocultaba bajo sus alas mientras escrutaba el cielo. El milano, en cambio, planeando entre las nubes, fijaba los ojos abajo y acechaba la ocasión de cobrar el precio de lo que había perdido. Así la amistad entre los dos viejos vecinos dejó su lugar a una persecución sin fin y a un arrepentimiento inagotable. Así se rompieron los vínculos de la amistad, y en el corral comenzó una persecución implacable que duraría para siempre. Ensombrecer lo que se te confía arrastra incluso las amistades más firmes a una hostilidad irreversible. No se traiciona lo que se ha confiado.