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La espada y el viajero

Nivel C1 · 359 palabras

La espada y el viajero

Érase una vez, al borde de un viejo bosque donde fluían aguas frescas, vivía un caminante humilde. Aquel hombre sabio, que durante años había recorrido los senderos, amaba mucho escuchar los susurros de la naturaleza. En una tibia tarde de otoño, cuando las hojas doradas adornaban los caminos, vio una espada afilada que resplandecía justo en medio del sendero. Aquel acero frío, desenvainado, relucía bajo los últimos rayos del sol poniente como una llama peligrosa. Cuando el caminante advirtió que no había nadie a su alrededor, se acercó despacio al objeto con curiosidad. Antes de tomar en su mano aquella arma majestuosa que yacía sola en el suelo, comenzó a examinarla con atención. En ese mismo instante, del fondo de la espada se alzó una voz resonante y gélida.

"¿Buscas a mi dueño, que me dejó aquí sin más y se marchó, oh viajero?", dijo la espada. El caminante, que intentaba ocultar su asombro, preguntó: "¿Quién te dejó caer en este sendero, a quién perteneces?" La espada, sacando brillo a los grabados de plata de su cuerpo, suspiró con un aire misterioso que encerraba su tristeza y su soberbia. "Me dejó caer aquí un guerrero solitario que sucumbió a su propia ira", respondió. "Pero la verdad es que una sola persona me perdió, mientras que yo he causado dolor a cientos de hombres." El caminante se sumió en un profundo silencio ante la hondura de aquellas oscuras palabras pronunciadas por el arma. Se estremeció por dentro al pensar en cómo la ira y la destrucción ciegan la mente humana.

El caminante tomó de inmediato su decisión para impedir que aquel objeto peligroso causara más desgracias. Levantando la espada del suelo con reverencia y sumo cuidado, caminó hacia el hondo precipicio que bordeaba el camino. Aquel acero afilado, instrumento de la ira, lo arrojó con determinación hacia el fondo del valle oscuro. La destrucción del acero al chocar contra las rocas dejó un eco reconfortante en lo profundo del bosque. La paz del sendero, libre ya de peligro, se extendió de nuevo por todo el valle con el dulce susurro del viento. Quien actúa movido por la ira no alcanza a darse cuenta de que lleva consigo su propia desgracia. El vinagre muy fuerte daña su propia tinaja.