La diosa y la gallina
Érase una vez, en un valle alegre donde se extendían campos dorados, vivía Venus, la diosa de la belleza. El bonito gallinero al borde de este valle encantador era uno de los lugares tranquilos favoritos de la diosa. Dentro del gallinero había una gallina gordita que ponía un huevo brillante cada mañana al amanecer. Esta gallina trabajadora alegraba a la diosa todos los días con sus huevos abundantes. Juno, la reina de los cielos, también visitaba a su amiga de vez en cuando y miraba con interés a esta linda gallina. Un día Venus se detuvo delante del gallinero y miró con admiración cómo la gallina dorada ponía su huevo. Pero una curiosidad codiciosa que subió de pronto en su corazón empezó a nublar su mente.
Pensó para sí misma: “Si este animal pone un huevo al día, pondrá el doble si come más.” Juno, que estaba a su lado, advirtió con suavidad a su amiga y le dijo que ese pensamiento podía ser peligroso. “Cada ser vivo tiene su medida, y no se debe romper el equilibrio de la naturaleza”, dijo Juno. Pero Venus, vencida por su codicia, no escuchó en absoluto la sabia advertencia de su amiga. Enseguida empezó a echar delante de la gallina el maíz y el trigo más sabrosos, puñado tras puñado. La linda gallina devoró con gran apetito toda esta comida abundante que le pusieron delante. Con el paso de los días, la gallina engordó muchísimo y ya se movía con dificultad.
Poco después, la gallina, pesada por su propio peso, dejó por completo de cacarear alegremente y de caminar. La diosa Venus abrió la puerta del gallinero soñando con los huevos que llevaría de dos en dos en su cesta. Pero la gallina, que se había vuelto torpe, ya no podía poner ni un solo huevo. Venus comprendió su gran error y sintió un profundo arrepentimiento ante este resultado de su codicia. La diosa, que perdió lo que tenía mientras quería más, sufrió el castigo de su propia avaricia. La codicia de tener más nos hace perder por completo la abundancia que ya tenemos. Poca codicia trae mucha pérdida.