La desgracia del lobo
Érase una vez, al borde de un bosque apartado por donde corrían suavemente aguas frescas, vivía un lobo hambriento. A este lobo moteado, que llevaba días con el estómago vacío, se le abría el apetito con impaciencia cada vez que veía a los animales gordos que pastaban en el valle. Sin embargo, esta criatura orgullosa, que presumía de su astucia, no confiaba solo en su fuerza, sino también en su mente. Mientras acechaba una oportunidad en lo más escondido del bosque, le llamó la atención una yegua marrón que pastaba tranquilamente en el prado cercano. Acercándose a la yegua con pasos sigilosos, el lobo rugió: "Reza tu última oración, porque te comeré para el desayuno." La yegua inteligente, sin inmutarse, dijo: "Puedes comerme, pero en mi casco trasero hay un testamento escrito por un herrador maestro."
Cuando el lobo, vencido por la curiosidad, se agachó para leer el testamento, la yegua soltó una coz con tanta violencia que le rompió la mandíbula al lobo. Retrocediendo de dolor, el lobo, aturdido por lo que le había ocurrido, huyó de allí y se refugió a la orilla del arroyo. Justo en ese momento se dio cuenta de que un carnero gordo pastaba en la orilla opuesta del arroyo. A pesar de su pata coja, se acercó al carnero y gritó: "Esta vez no escaparás de mis manos." El carnero sonrió con calma y dijo: "Si quieres comerme sin cansarte, abre la boca al pie de la colina y yo saltaré directamente a tu garganta." El lobo codicioso aceptó enseguida esta oferta y abrió la boca todo lo que pudo al pie de la colina.
El carnero bajó corriendo a toda velocidad por la colina y golpeó el pecho del lobo con sus duros cuernos con tal fuerza que el lobo cayó tendido en el suelo. El lobo desdichado, con los huesos doloridos en el lugar donde había caído, intentó respirar durante mucho tiempo entre el polvo y la tierra. Pensó una por una en las desgracias que había sufrido por confiar demasiado en su propia astucia y perseguir presas fáciles. Comprendió que había tardado en entender que no sabía leer ni podía atrapar a la presa que volaba por el aire. Mientras los animales sabios seguían pastando alegremente, el lobo desafortunado se arrastró maltrecho hacia lo más profundo del bosque. Quienes creen que su propia mente es superior a la de los demás terminan al final siendo víctimas de su propia astucia. El cazador acaba muchas veces como presa.