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La comadreja y los ratones

Nivel B2 · 315 palabras

La comadreja y los ratones

Érase una vez, al borde de un bosque antiguo donde corrían aguas frescas, una alegre comunidad de ratones. Estos pequeños roedores se habían construido un hogar seguro junto a los campos de trigo. Pero las comadrejas astutas y ágiles, que eran sus vecinas, estropeaban su paz en cada ocasión. A causa de los asaltos que las comadrejas hacían a menudo, los ratones tenían que huir sin parar. Los miembros viejos de la comunidad pensaban que por fin había que encontrar un remedio para esta situación. Una noche los ratones se reunieron en una cueva profunda y discutieron largamente la razón de sus derrotas. Uno de ellos gritó: “En nuestro ejército faltan disciplina y comandantes sabios.”

Esta idea fue aceptada por todos con gran entusiasmo y enseguida se hizo una elección. Los tres ratones que parecían más valientes y más grandes fueron elegidos generales para dirigir el ejército. Los nuevos generales querían parecer distintos de los otros ratones y mantenerse con majestad. Se prepararon sombreros enormes de paja y coronas vistosas con plumas largas. Los comandantes, hinchando el pecho con orgullo, empezaron a presumir con los adornos enormes de sus cabezas. Unos días después las comadrejas astutas rompieron el silencio del bosque y atacaron de nuevo. Aunque el ejército de ratones se lanzó adelante con valor, tampoco resistió ante la fuerza de las comadrejas.

Los pequeños ratones, derrotados, empezaron enseguida a huir deprisa hacia sus agujeros estrechísimos. Los ratones corrientes lograron entrar con facilidad por las grietas estrechas de las rocas con sus cuerpos diminutos. Pero los generales que llevaban sombreros enormes en la cabeza se quedaron atascados en la entrada de los nidos. Los comandantes soberbios, que no lograban pasar de ninguna manera sus coronas vistosas por los agujeros, no consiguieron escapar. Las comadrejas astutas atraparon con facilidad a estos generales presumidos que quedaron en la puerta y los dejaron sin fuerza. El orgullo innecesario y la afición a la ostentación se vuelven la mayor desgracia de la persona en los tiempos difíciles. Cabeza grande, grandes preocupaciones.