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La cigüeña y su pico

Nivel C1 · 357 palabras

La cigüeña y su pico

Hace mucho tiempo, junto a un bosque antiguo de aguas frescas, vivía una cigüeña esbelta que estaba muy orgullosa de sí misma. Aquella cigüeña se detenía a la orilla del lago claro como un espejo y contemplaba con admiración su largo pico, que brillaba como la plata. La grajilla parlanchina del bosque, en cambio, agitaba su cola de mil colores entre los arbustos y se posaba a su lado cada mañana. La cigüeña creía que su pico largo y afilado era la joya más elegante del mundo de las aves, y jamás dejaba de jactarse. Los dos vecinos soberbios discutían el día entero sobre cuál de sus rasgos era superior. Una mañana de otoño, la grajilla erizó sus plumas vistosas y se deslizó hacia la cigüeña con aire burlón.

"Mira el esplendor de mi cola; ese pico tuyo, feo y larguísimo, solo cansa la vista", dijo, y soltó una carcajada. Enfurecida por estas palabras, la cigüeña castañeteó el pico con orgullo y le respondió al instante. "Mi pico no es solo el símbolo de la elegancia, sino también el de una gran fuerza", dijo. Justo en ese momento, del hueco del enorme plátano cercano se alzó un grito agudo lleno de pánico. Una cría de ardilla había caído entre las estrechas grietas de un tronco y se había quedado allí atrapada. La grajilla intentó ayudar con su cola larga y vistosa, pero cuando sus plumas se engancharon en las ramas tuvo que retroceder.

Impotentes, las aves no supieron qué hacer para salvar a la pequeña ardilla que se debatía de miedo. Sin la menor vacilación, la cigüeña se lanzó hacia delante y metió su pico, recto como una lanza, en aquella grieta angostísima. Manejando el pico con una precisión perfecta, sacó a la cría de ardilla del lugar donde estaba atrapada sin causarle daño. Cuando la grajilla vio la milagrosa destreza salvadora de aquel pico largo que había despreciado con soberbia, bajó la cabeza avergonzada. La cigüeña, por su parte, comprendió por fin en aquel instante que la belleza no está en la vana ostentación, sino en la obra útil. La verdadera superioridad no reside en la elegancia de la apariencia, sino en la compasión y la utilidad que se muestran en los momentos difíciles. El árbol se conoce por su fruto, y la persona por su obra.