La cigüeña y la serpiente
Hace mucho tiempo, junto a un verde juncal donde murmuraban aguas frescas, vivía una majestuosa cigüeña. Con sus alas blanquísimas y su largo pico rojo, esta elegante ave se había ganado el respeto de todos los seres de alrededor. Con la llegada de la primavera había construido un nido seguro en la copa de un alto plátano y había empezado a cuidar sus huevos con ternura. Pero en las sombrías profundidades del juncal se escondía una serpiente celosa y astuta que merodeaba con sigilo. Cada día la serpiente observaba desde lejos el tranquilo nido de la cigüeña y esperaba una ocasión para destruir aquella felicidad. Un mediodía, la cigüeña tuvo que dejar el nido por poco tiempo para buscar comida.
La astuta serpiente, que no quería perder la ocasión, se enroscó en el tronco liso del plátano y empezó a trepar en silencio. Justo cuando llegó al nido y se estiró hacia los huevos, la cigüeña regresó de pronto con el susurro del viento. Al ver el peligro, la cigüeña batió las alas con furia y gritó: "¿Con qué valor te atreves a colarte en mi hogar?" La serpiente clavó sus fríos ojos en la cigüeña y dijo: "Solo quería disfrutar de esta vista alta." La cigüeña comprendió enseguida la intención traicionera que había detrás de estas dulces palabras de la serpiente. "No hagas el papel de inocente, sé que tu intención no está escondida en tus dulces palabras, sino en tus dientes venenosos", respondió.
Cuando la serpiente entendió que la habían descubierto, siseó, mostró sus dientes afilados y se tensó para atacar. Sin vacilar en absoluto, la cigüeña pasó a defender su nido con su fuerte pico y sus anchas alas. Con un movimiento rápido frustró el ataque de la serpiente y la agarró con firmeza. La serpiente, impotente ante aquel pico afilado, se retorció y se dejó caer del árbol. La traicionera serpiente que cayó al suelo tuvo que huir herida al rincón más oscuro del juncal. La cigüeña, en cambio, respiró hondo después de asegurar la seguridad de su nido y de sus huevos. Siempre hay que estar despierto contra los enemigos que intentan ocultar su mala intención con dulces palabras. No cargues con la maldición del oprimido; sale despacio.