La avispa y la araña
Érase una vez, en un bosque mágico oculto a la sombra de enormes robles, una araña paciente. Aquella maestra artesana tejía redes inmensas, labradas punto a punto, que relucían como plata entre las hojas. En el otro extremo del bosque, en cambio, reinaba una avispa altiva, orgullosa de su aguijón afilado y que sembraba sin cesar el miedo a su alrededor. Mientras la luz dorada del sol se colaba entre las ramas, aquellas dos criaturas opuestas se encontraron cara a cara por un capricho del destino. Hendiendo el aire con agudos golpes de alas, la avispa se posó cerca de la morada plateada de la araña. "¿Es de esta red que has tejido con hilos endebles de lo que presumes?", tronó la altiva cazadora.
Entornando los ojos con calma, la araña respondió: "Mi arte no se apoya en la ostentación, sino en el trabajo y en la paciencia." Encolerizada por aquella respuesta, la avispa quiso probar su fuerza agitando con orgullo su aguijón venenoso. "¡Con un solo golpe puedo destrozar esta obra tuya tan delicada!", se jactó. Sin perder en absoluto la compostura, la araña dijo: "Quienes confían demasiado en su fuerza suelen pasar por alto las trampas que se tienden con ingenio." Vencida por su furia, la avispa erró el blanco y se lanzó con gran estruendo directamente al centro de la red. Pero los hilos de la red eran mucho más pegajosos y sumamente más resistentes de lo que parecían.
Cuanto más batía las alas la avispa, más apretados se enrollaban los puntos alrededor de su cuerpo. Por más que la altiva cazadora agitara con ansia su aguijón venenoso, cada golpe fallido la dejaba aún más impotente. La araña paciente, avanzando con calma por los hilos de la red, envolvió rápidamente a su rival que se debatía con sus sedosas telas. La avispa, que confiaba en la fuerza de sus músculos y en su arma afilada, fue derrotada ante el ingenio y la preparación. Con un último sonido de alas que resonó en las profundidades del bosque, los forcejeos de la orgullosa avispa cesaron por completo. Las amenazas vacías y las jactancias sin medida se derriten siempre ante el orden firme que han levantado el ingenio y el trabajo. Come un bocado grande, pero no digas palabras grandes.