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La anciana y la tinaja de vino

Nivel B2 · 346 palabras

La anciana y la tinaja de vino

Érase una vez, en un encantador pueblo mediterráneo cubierto de olivos, vivía una mujer anciana. Esta mujer, que llevaba el cansancio de los años con una dulce sonrisa en el rostro, se había ganado el cariño de todos con su charla alegre. En un cálido día de otoño decidió limpiar las cosas olvidadas en la bodega de su vieja casa de madera. Mientras andaba entre los estantes polvorientos, le llamó la atención una gran tinaja de barro que había en un rincón. El aire misterioso que rodeaba a esa tinaja desportillada despertó al momento la curiosidad de la mujer. Con pasos lentos se acercó a la tinaja y le quitó con la mano la gruesa capa de polvo. Cuando abrió la tapa de la tinaja, salió un olor dulce y embriagador que había esperado dentro durante años.

No quedaba ni una sola gota de líquido dentro, pero las paredes de barro habían encerrado y guardado el viejo aroma. La mujer se inclinó para agarrar la tinaja con las dos manos y acercó bien la nariz a su ancha boca. Respirando hondo, aspiró aquel olor delicioso y afrutado hasta los pulmones. Cerrando los ojos y recordando los buenos recuerdos del pasado, empezó a hablar consigo misma. "¡Ay, qué olor tan maravilloso y tan rico es este!", susurró. "¿Cómo logras hechizar así a una persona cuando no queda ni una gota dentro de ti?" "¡Si hasta tus restos son así de dulces, quién sabe qué espléndida eras en los días en que llenabas las copas!"

La anciana sintió una alegría infantil ante esa felicidad de un instante que le ofrecía la tinaja vacía. En aquella vasija de barro había vuelto a descubrir la maestría de los viejos tiempos y la gracia del pasado. En vez de pensar que la tinaja ya no servía y tirarla, la puso en el rincón más bonito de la bodega. Porque el valor de las cosas que guardan su alma aunque pierdan su esencia no cede ante el tiempo. Desde aquel día, cada vez que bajaba a la bodega seguía aspirando aquel olor tan bueno y sonriendo. La verdadera belleza y la calidad no pierden jamás su huella, aunque pasen los años sobre ellas. Lo noble no se corrompe, la miel no se echa a perder.