La abundancia y la pobreza
Érase una vez, en un país de cuento de hadas donde se extendían campos amarillo dorado, la Abundancia y la Pobreza vivían lado a lado. Vestida con ropas brillantes, la Abundancia se enorgullecía de llevar alegría y abundancia a dondequiera que iba. La Pobreza, que vestía ropas viejas y modestas, caminaba en silencio detrás, observando el estado de la gente. Un día los dos compañeros se detuvieron en una colina alta donde soplaba un viento dulce y comenzaron a mirar la rica ciudad de abajo. La gente de la ciudad vivía en un gran esplendor, pero no sabía en absoluto el valor de lo que tenía.
Inflando el pecho con orgullo, la Abundancia se volvió hacia su amiga y habló con voz arrogante. "Mira Pobreza, la gente solo me ama a mí y me respeta en cualquier lugar donde me ve", dijo. La Pobreza sonrió con calma y respondió: "La gente se acostumbra rápidamente a la riqueza, pero no siempre logra conservarla". Enfadada por estas palabras, la Abundancia decidió bajar a la ciudad para dar a la gente una gran lección. Al llegar a la plaza de la ciudad, hizo brotar sorbete de las fuentes y llenó las mesas con deliciosa comida.
Sin embargo, al ver estos manjares infinitos, la gente codiciosa comenzó a pelear entre sí y a desperdiciar la comida. En poco tiempo, no quedó ni amabilidad ni esa cálida felicidad que trae el compartir. Observando este caos que había creado con asombro, la Abundancia no sabía qué hacer. Justo en ese momento, la Pobreza se adentró en la multitud con pasos lentos y tocó la ciudad con su varita mágica. De repente terminó la abundancia extrema, y cuando la gente perdió lo que tenía, se vio obligada a abrazarse unos a otros.
El pueblo compartió con amor el poco pan que les quedaba, sintiendo arrepentimiento por el orgullo y el desperdicio. La Abundancia comprendió que su modesta amiga en realidad había enseñado a la gente la virtud más valiosa. Los dos compañeros se tomaron de las manos y acordaron traer de nuevo una abundancia equilibrada a la ciudad. La verdadera riqueza no está en la abundancia de bienes, sino en los corazones que están contentos y saben compartir. Quien no se contenta con poco, no tendrá nada con mucho.