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Esopo y los corintios

Nivel B1 · 330 palabras

Esopo y los corintios

Érase una vez un pueblo orgulloso que vivía en una rica ciudad portuaria donde el viento soplaba suavemente. Esta hermosa ciudad llamada Corinto era conocida en todas partes por sus torres doradas y sus coloridos mercados. Pero los habitantes de la ciudad presumían constantemente de sus nobles antepasados y no prestaban atención a los extraños. Un día, el sabio fabulista Esopo decidió visitar esta magnífica ciudad. Esopo se entristeció al ver que la gente solo se enorgullecía de las riquezas y del apellido familiar.

La multitud congregada en la plaza principal de la ciudad rodeó a Esopo y comenzó a burlarse de él. Un comerciante arrogante dio un paso adelante y se jactó diciendo: "¡Nuestros antepasados son reyes!" Sonriendo, Esopo sacó de su bolsillo un trozo pequeño de barro y una piedra brillante. "En la antigüedad, cuando la naturaleza amasaba a los humanos con arcilla, añadió el mismo amor a todos", dijo. "Vuestros nobles antepasados os dejaron una herencia maravillosa, pero ¿qué estáis haciendo vosotros hoy?" Alguien entre la multitud continuó gritando: "¡Nuestro linaje es el linaje más supremo!" Esopo respiró hondo y contó una sabia fábula a la gente arrogante de la plaza.

Un pino en la cumbre de las altas montañas miraba con arrogancia hacia abajo a una pequeña margarita en el valle. Pero cuando se desató una tormenta, el pino se derrumbó, mientras que la flexible margarita sobrevivió. Cuando los corintios escucharon esta impresionante historia, se detuvieron un momento y se sumergieron en profundos pensamientos. Comenzaron a comprender que la grandeza de sus antepasados no los convertía en mejores seres humanos. El hombre sabio más anciano de la ciudad se inclinó con respeto ante Esopo y le dio las gracias. A partir de ese día, los habitantes de la ciudad aprendieron a juzgar a las personas por su bondad y no por su linaje. Esopo dejó el trozo de barro de su bolsillo en el suelo y se puso en camino con una dulce sonrisa en el rostro.

El verdadero valor no está oculto en el pasado de una persona, sino en su propio corazón y en sus acciones. Por sus frutos conoceréis al árbol, y al hombre por sus obras.