Esopo y el hombre grosero
Érase una vez, en un pueblo viejo famoso por sus calles con olor a tilo, vivía el sabio Esopo. Esopo contaba a la gente de su alrededor pequeñas historias llenas de hondo sentido e intentaba ensanchar sus horizontes. Pero por las callejuelas oscuras del pueblo rondaba un hombre grosero y sin modales que molestaba a todos. Este hombre disfrutaba muchísimo metiéndose con los de alrededor y burlándose de los débiles. Un buen día el sabio Esopo caminaba tranquilo, a lo suyo, por un camino estrecho empedrado. Cuando el hombre grosero vio a Esopo, cogió del suelo una piedra puntiaguda y se la lanzó al sabio sin dudar. La piedra golpeó la pierna de Esopo y el sabio escritor se estremeció de dolor.
Aun así, Esopo se detuvo con calma y, en vez de enfadarse, sacó de su bolsa una moneda de plata. Tendiendo la moneda hacia el hombre, empezó a hablar con una sonrisa sincera en la cara. "Te has ganado este pequeño premio por tomarte la molestia de apedrearme, amigo mío", dijo. Mientras el hombre cogía el dinero con asombro, Esopo siguió hablando enseguida. "Pero mi dinero es poco; no puedo darte un premio tan grande como mereces", añadió. "¿Ves allí a ese comandante rico y poderoso que camina con su espléndida armadura?", preguntó. "Si le tiras a él también una piedra, te dará un puñado de oro", dijo.
El hombre codicioso y necio creyó estas palabras y encontró enseguida otra piedra enorme. Corriendo con avidez, lanzó la dura piedra a la cabeza del poderoso comandante que pasaba por la calle. El comandante, sacudido por una gran furia, dio enseguida la orden a sus guardias. Los guardias severos atraparon al hombre grosero, lo echaron al calabozo y le dieron un castigo duro. Así el hombre grosero pagó amargamente la insolencia que había cometido. La maldad hecha sin pensar arrastra tarde o temprano a su dueño a una gran desgracia. Quien siembra vientos recoge tempestades.