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Esopo y el atleta campeón

Nivel B2 · 351 palabras

Esopo y el atleta campeón

Érase una vez, en una ciudad antigua abrazada por colinas de color verde esmeralda, se celebraban grandes competiciones. El joven atleta que vivía en esta ciudad era un luchador famoso que ganaba la admiración de todos con su fuerza y su velocidad. Sin embargo, sus magníficas victorias habían empezado con el tiempo a llenar su corazón de orgullo y de soberbia. El sabio Esopo, en cambio, se sentaba en la plaza del mercado, observaba en silencio el comportamiento de la gente y se sumía en pensamientos profundos. Una soleada mañana de primavera, la ciudad temblaba con la emoción de la gran fiesta. También en la última competición, el joven atleta derrotó a todos sus rivales uno por uno y ganó la gran copa de oro. Mientras la multitud reunida en la plaza lo aplaudía con entusiasmo, el joven se llenó de orgullo.

Subió a la tribuna, levantó en el aire la copa que tenía en la mano y empezó a gritar en voz alta. “Esta victoria es solo obra de mi fuerza superior y de mi voluntad firme”, dijo. “La suerte no me ayudó y no necesité el apoyo de los demás”, añadió. El sabio Esopo, que oyó estas palabras soberbias, dio un paso adelante entre la multitud. Mirando a los ojos del atleta, eligió acercarse a él con una dulce sonrisa. “La fuerza de tu brazo es admirable, amigo mío, pero no puedes ignorar el papel de la suerte en esta victoria”, dijo. El atleta soberbio miró al sabio frunciendo el ceño y recibió su advertencia con burla.

El viejo sabio, sin perder la expresión tranquila de su rostro, hizo una comparación que daría una lección al atleta. “Cuando sopla el viento, los robles más fuertes se rompen, pero los árboles jóvenes flexibles no sufren daño”, dijo. Un verdadero campeón no es el que se enorgullece de su fuerza, sino el que conquista los corazones con su humildad. La suerte y el éxito son como un viento cambiante: hoy sopla a tu favor, mañana puede volverse contra ti. El joven atleta que oyó estas palabras profundas comprendió su error, bajó la cabeza y se inclinó con respeto ante el sabio. La verdadera grandeza no está escondida en la fuerza del brazo, sino en un corazón humilde y modesto. El árbol que da fruto inclina la cabeza.