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El zorro y la paloma

Nivel C2 · 374 palabras

El zorro y la paloma

Érase una vez, a la orilla de un viejo bosque por donde corrían aguas frescas, se alzaba un imponente plátano. En la rama más alta de aquel árbol majestuoso, una delicada paloma de alas plateadas había construido con ternura su nido. En el dulce frescor de la tarde temblaba sobre sus huevos y susurraba nanas que daban paz al bosque. Pero entre los arbustos escondidos merodeaba con sigilo un zorro moteado, famoso por su astucia. El zorro había echado el ojo al nido de la paloma y había empezado a tramar un plan pérfido. A la mañana siguiente el zorro llegó bajo el plátano, irguió la cabeza y gritó con una voz dura y aterradora. "¡Oh paloma, si no arrojas ahora mismo uno de tus huevos, derribaré de raíz este plátano con mi hacha afilada!"

La desdichada paloma, a la que le temblaban las alas de miedo, creyó aquella mentira del zorro y tuvo que someterse sin esperanza. En ese instante una cigüeña sabia, que descendía planeando entre las nubes plateadas, se posó junto a la afligida paloma. "El zorro no tiene ni hacha ni alas para volar hasta el cielo", dijo, dando ánimo a la paloma. La paloma, a quien el miedo había cegado los ojos, comprendió de pronto la verdad con aquellas sabias palabras de su amiga. Al día siguiente, cuando el zorro volvió y lanzó las mismas amenazas, la paloma esta vez se mantuvo firme. "Ya estoy harta de tus amenazas vacías; ¡no puedes cortar el árbol ni trepar hasta aquí!", dijo. El zorro, al comprender que su plan se había arruinado, echó espuma de rabia y preguntó de quién había sacado aquella idea.

Cuando la paloma dio ingenuamente el nombre de la cigüeña sabia, el zorro corrió a la ribera con ansias de venganza. Al ver a la cigüeña que descansaba sobre una sola pata entre los juncos, el zorro se le acercó con palabras melosas. "¿Me enseñarías también a mí a esconder la cabeza cuando sopla el viento?", dijo, queriendo atraparla de repente. Pero la cigüeña inteligente, que presintió la intención del zorro, batió las alas hacia el cielo en aquel mismo instante. El zorro taimado, sin saber qué hacer de pura rabia, se perdió entre los arbustos. Quienes no se rinden al miedo y se refugian en la luz de la verdad frustran toda trampa engañosa. La mentira tiene las patas cortas.