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El zorro y la cigüeña

Nivel B1 · 311 palabras

El zorro y la cigüeña

Érase una vez, al borde de un viejo bosque donde fluían aguas frescas, vivía un zorro astuto. Este zorro quería ser amigo de su vecino, la cigüeña de patas largas y planeo elegante. En una soleada mañana de primavera, el zorro invitó a la cigüeña a su casa para un delicioso almuerzo. La amable cigüeña aceptó con gusto esta dulce invitación y partió emocionada hacia la casa del zorro. El nido perfumado en lo profundo del bosque estaba lleno de alegres cantos de pájaros y un viento cálido.

El zorro astuto sirvió la sopa que había preparado en la cocina en platos muy planos y anchos. La cigüeña tocó el plato con su largo pico, pero no pudo beber ni una sola gota de sopa. El zorro, por su parte, terminó rápidamente la sopa lamiéndola con su ancha lengua y le sonrió a su vecino. Preguntándole si le gustaba la sopa, el zorro se divirtió en secreto de que la cigüeña se quedara con hambre. La amable cigüeña no dijo una palabra, pero decidió darle al zorro una lección inolvidable. Al día siguiente, la cigüeña invitó al zorro a su propia casa espaciosa para cenar.

El zorro codicioso fue a la casa de la cigüeña con alegría, imaginando el olor de la deliciosa comida. La cigüeña colocó la deliciosa carne que había preparado en jarras estrechas y de cuello largo. La cigüeña alcanzó cómodamente el interior de la jarra delgada con su largo pico y comenzó a disfrutar de su comida. El zorro, sin embargo, no logró meter su hocico puntiagudo en la boca estrecha de la jarra. Quedándose con hambre, el zorro se conformó con solo lamer el plato exterior y comprendió su error con tristeza. Víctima de su propia astucia, el zorro agachó la cabeza avergonzado y se alejó. Desde ese día, el zorro aprendió por completo que no debía ser injusto con nadie.

Nunca debemos olvidar que las trampas que tendemos a los demás se volverán un día contra nosotros. Quien la hace, la paga.