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El zorro y el reflejo de la luna

Nivel C1 · 354 palabras

El zorro y el reflejo de la luna

Érase una vez, en lo profundo de un bosque mágico donde murmuraban ríos de plata, vivía un Zorro Astuto. Este zorro, cuyo pelaje rojo brillaba incluso de noche, era conocido por su curiosidad egoísta e insaciable. En una fresca noche de otoño, cuando la luna llena iluminaba el cielo como un farol, al zorro le rugía el estómago de hambre. Escuchando el silencio del bosque mientras buscaba una presa, el zorro llegó hasta la orilla de un estanque claro. Las aguas quietas del estanque reflejaban la inmensa luna llena del cielo, igual que un espejo gigante. Al ver aquel resplandor dorado en el fondo del agua, el zorro abrió mucho los ojos de emoción. "¡Ajá!", susurró el zorro, lamiéndose los bigotes con avidez.

"¡Allí hay una enorme rueda de queso fresco escondida bajo el agua!" El zorro, cuya codicia venció a su razón, decidió no compartir con nadie este delicioso queso. Pensó que, para alcanzar el queso, tenía que beberse toda el agua del estanque. Enseguida se acercó a la orilla y empezó a beber agua del estanque a grandes tragos. Un trago, dos tragos, y en cuestión de minutos su barriga se hinchó como un tambor. Mientras tanto, un sabio búho que lo observaba desde una rama sonrió ante la necedad del zorro. "Lo que ves es solo el reflejo de la luna del cielo, hermano zorro, ¡no te esfuerces en vano!", llamó el búho.

Pero el zorro arrogante era demasiado codicioso para escuchar las palabras de otro. En el momento en que se inclinó y se lanzó al estanque para atrapar el queso, perdió el equilibrio y cayó al agua helada. Con las olas que se formaron en el agua, el queso dorado del fondo se partió en un instante en miles de pedazos y desapareció. Mojado, empapado y con la barriga hinchada, el zorro salió a tierra, levantó la cabeza y miró al cielo. Cuando vio que la luna llena seguía intacta en el cielo, comprendió la verdad y sintió una profunda vergüenza por su error. Mientras quería calmar su hambre, quedó en ridículo y además acabó temblando de frío. Quienes se dejan engañar por las apariencias y obran por codicia están condenados a perder incluso lo que tienen y a acabar en la decepción. Poca codicia trae mucha pérdida.