El zorro y el lobo en el pozo
Hace mucho tiempo, en lo más hondo de un bosque frondoso donde susurraban las aguas frescas, vivía el Zorro Astuto. Buscando su sustento en la negrura absoluta de la noche, el Zorro cayó por descuido en el viejo pozo de piedra de la ciudad. En el agua clara del fondo húmedo del pozo tomó el reflejo brillante de la luna llena por una rueda de queso enorme y deslumbrante. Sin embargo, cuando advirtió aquella dulce ilusión, comprendió con tristeza que jamás podría trepar por los altos muros de piedra. Por fortuna, en los extremos de las cuerdas enrolladas al torno de la boca del pozo se balanceaban dos cubos de madera en equilibrio. Con las primeras luces de la mañana, un lobo ingenuo que quería llenarse el estómago en el bosque se acercó al borde del pozo.
"¿Qué haces ahí abajo, amigo mío?", llamó el Lobo, y su voz honda resonó como una colmena en las piedras estrechas del pozo. El Zorro Astuto quiso aprovechar de inmediato aquella ocasión inigualable y puso en su rostro una sonrisa del todo inocente. "Aquí abajo hay un banquete de queso delicioso; no me resigno a dejar este sabor tan raro y subir", respondió. El Lobo, ciego de hambre, se tragó el cebo sin pensarlo al oír aquellas palabras dulces que abrían el apetito. "¿Y cómo puedo bajar a tu lado, a esa mesa magnífica?", preguntó el Lobo con gran entusiasmo. Con aire sagaz, el Zorro dijo: "Súbete al cubo vacío que está arriba y deja que te baje sin peligro al centro mismo del manjar".
Sin titubear un instante, el Lobo se acomodó en el cubo de madera de la boca del pozo y se dejó caer a las profundidades. Mientras el cubo descendía deprisa con el peso del pesado Lobo, el cubo de abajo, en el que iba el Zorro, empezó a deslizarse hacia arriba. Cuando los dos cubos se encontraron justo en mitad del pozo, el Lobo se quedó mirando al Zorro con ojos llenos de honda perplejidad. Con alegría burlona, el Zorro dijo: "Así es el orden del mundo, amigo mío: mientras uno baja, el otro sube". El Zorro, devuelto a la luz y a la libertad, saltó del cubo y echó a correr alegremente por los prados verdísimos. El Lobo incauto, en cambio, quedó completamente solo en el fondo del pozo oscuro, con el reflejo engañoso de la luna llena. Quienes sucumben a su codicia y obran sin prudencia nunca pueden evitar caer presa de la astucia ajena. Quien cae por su propia culpa no llora.