El zorro y el dragón
Érase una vez, en un valle verde donde murmuraban arroyos de plata, un zorro astuto pero curioso. Este zorro decidió cavarse una madriguera profunda y cálida para protegerse del frío del invierno. Mientras escarbaba la tierra blanda con sus patas y bajaba más hondo, apareció ante él una cueva oscura y misteriosa. Una luz brillante que salía de dentro deslumbró los ojos del zorro curioso y lo atrajo adentro. En medio de la cueva, sobre un tesoro enorme hecho de oro y de piedras preciosas, estaba tumbado un dragón que daba miedo. El dragón abrió despacio sus alas enormes, rugió y miró al zorro con ojos que lanzaban llamas. Aunque el zorro temblaba de miedo, intentó quedarse tranquilo, se inclinó y pidió perdón al dragón.
“Perdonadme, sublime dragón; mi objetivo no es molestaros, solo quería hacerme una madriguera cálida”, dijo. El dragón calmó un poco su ira y tronó con orgullo: “Todo el oro que hay bajo estas tierras me pertenece.” El zorro listo miró a su alrededor y se preguntó qué le daba al dragón esta riqueza inmensa. “Pues bien, ¿qué hacéis con tanto oro, lo gastáis o se lo regaláis a alguien?”, preguntó. El dragón movió la cabeza y respondió: “Nunca lo gasto, solo me tumbo encima y lo guardo para siempre.” El zorro levantó las cejas con asombro ante esta situación sin sentido. “¿Qué clase de felicidad os da guardar una riqueza que no gastáis y de la que no disfrutáis?”, añadió.
El dragón se detuvo un momento, porque nadie le había hecho antes esta pregunta profunda. Cuanto más pensaba, más entendía que el oro que guardaba no le traía en realidad ningún provecho y que había gastado su vida en vano. El peso de la guardia sin sentido que había mantenido durante años cayó de repente sobre los hombros del dragón. El zorro, con un suspiro profundo, se alejó despacio de esta cueva oscura en la que el dragón se había encerrado a sí mismo con avaricia. Al salir libremente a la luz del día, el zorro sintió que el aire limpio sobre la tierra era más valioso que cualquier oro. Ninguna riqueza que no se usa y no se comparte puede traer una felicidad verdadera a su dueño. Los bienes del mundo se quedan en el mundo.