El zorro educado por el lobo
Érase una vez, al borde de un bosque antiguo por donde corrían aguas frescas, vivía un lobo viejo famoso por su astucia. Un buen día este cazador orgulloso se encontró con un cachorro de zorro indefenso que se había quedado completamente solo en el bosque. Con la migaja de compasión que llevaba dentro, tomó al pequeño cachorro bajo su amparo y decidió enseñarle las sutilezas de la supervivencia. Día tras día fue tejiendo en el zorro, punto por punto, el arte de escuchar la voz del viento, de seguir rastros y de esperar emboscado. El listo cachorro de zorro, por su parte, grababa en su mente cada lección de su maestro y acechaba la ocasión. El tiempo pasó deprisa y el pequeño zorro se convirtió en un joven muy listo de pelaje reluciente. Una mañana el lobo viejo llevó a su joven discípulo a un gran redil cercano al pueblo con el fin de ponerlo a prueba.
El lobo hinchó el pecho con orgullo y, volviéndose hacia el zorro, dijo: "Hoy te toca a ti mostrarme las habilidades que has aprendido." El joven zorro, con una sonrisa taimada, echó el ojo al cordero más gordo del redil. Antes de deslizarse detrás de la cerca, se volvió hacia el lobo y susurró: "Maestro, esperad en la puerta para que no nos sorprenda nada mientras arrastro el cordero." Nada más entrar en el patio, el listo zorro desató a escondidas la cuerda del imponente perro pastor que estaba allí atado. Luego lanzó un grito y azuzó al perro directamente contra el lobo que esperaba fuera del redil. Al oír el gruñido del perro furioso, el lobo emprendió una lucha implacable por huir y salvar la vida. El zorro, aprovechando aquel alboroto, agarró el cordero y desapareció rápidamente hacia lo más profundo del bosque.
Cuando llegó la noche y el lobo agotado volvió a su guarida, el zorro ya había terminado hacía rato su sabroso banquete. Mientras el lobo viejo lo miraba con los ojos brillando de rabia, el zorro se inclinó con respeto y dijo: "Vos mismo me enseñasteis la treta, maestro." Al comprender que había sido vencido con la táctica que él mismo había enseñado, el lobo viejo soltó un hondo suspiro. Durante años había creído que dominaba el bosque por la fuerza bruta, pero ahora experimentó con dolor que la inteligencia y la astucia no conocen límites. El lobo, aceptando que su aprendiz lo había superado, cedió desde aquel día el liderazgo al joven zorro. El zorro astuto, en cambio, siguió viviendo con la antorcha recibida de su maestro como nuevo y único señor del bosque. Quienes honran a su maestro pero dejan hablar también a su propia inteligencia logran siempre trazar su propio camino en la vida. El discípulo supera al maestro.