El toro y el ternero
Érase una vez, al borde de una granja ancha donde corrían suavemente aguas frescas, vivía un toro imponente. Este animal musculoso y fuerte era el habitante más llamativo de la granja con su pecho ancho y sus cuernos afilados. Un día, mientras caía el dulce fresco de la tarde, los animales se dirigieron hacia la puerta estrecha del establo. También el toro viejo y con experiencia llegó hasta delante de la puerta para entrar en su propio compartimento estrecho. Pero a causa de su cuerpo enorme se quedó atascado en la abertura estrecha de la puerta y le costó entrar. En ese momento un ternero pequeño y sin experiencia que saltaba con alegría alrededor notó el esfuerzo del toro. El ternero, que miraba con ojos curiosos el forcejeo del viejo gigante, se acercó enseguida a él.
A su manera quiso ser listo, salvar al gran animal con cuernos y mostrarle el camino. “Mi amigo enorme, os estáis cansando y ahogando en vano”, dijo con su voz fina. “Si inclináis un poco el hombro a la izquierda y metéis las patas de atrás, cabréis dentro con facilidad.” El ternero pequeño sonrió e hinchó el pecho con orgullo, como si hubiera resuelto un gran secreto. Pero el toro fuerte volvió despacio la cabeza ante esta actitud impaciente y sabelotodo. Tomó un aliento profundo y miró al ternero joven con sus ojos hundidos. “Cálmate ya, pequeñajo”, bramó el toro viejo con un aire seguro de sí mismo.
“Cuando tú ni siquiera habías venido a este mundo, yo pasaba cientos de veces por estas puertas estrechas.” Ante esta respuesta el ternero no supo qué decir y se retiró con vergüenza. El toro fuerte esperó el momento justo con la experiencia que le habían dado los años y estiró con calma su cuerpo. Con un solo movimiento se deslizó por la puerta estrecha y llegó cómodamente a su sitio en el establo. El ternero joven, entendiendo que la vida no consiste solo en las ganas sino en lo vivido, se retiró en silencio a su sitio. El consejo dado sin conocer el valor de la experiencia solo deja al descubierto el error verde de quien lo da. No se le vende berro al que vende berro.