El ternero y la cigüeña
Hace mucho tiempo, al borde de un bosque antiguo por donde corrían aguas frescas, vivía un ternero manchado y alegre. Embriagado por el olor de la hierba fresca, aquel pequeño ternero se enorgullecía de sus fuertes patas y no dejaba de correr por los prados. Una mañana de primavera, en la orilla del estanque que había tras los juncos, se encontró con una cigüeña elegante de patas largas y delgadas. La cigüeña esperaba con paciencia para cazar, con un silencio que sobre las aguas quietas recordaba a una estatua. Cuando el ternero vio la delicada figura de la cigüeña, se acercó con curiosidad, la examinó y se echó a reír por lo bajo. "Oye, hermana cigüeña, ¿cómo logras mantener el equilibrio sobre unas patas tan finas como ramitas?", gritó.
La cigüeña volvió la cabeza con aire solemne y miró al ternero con ojos lánguidos y sabios. "La naturaleza ha concedido a cada uno un don distinto, querido ternero, y mis patas me bastan de sobra", dijo. El ternero soberbio no quedó satisfecho con aquella respuesta y siguió fanfarroneando, golpeando el suelo con sus gruesas pezuñas. "Si no tuviera estas patas tan fuertes, ¿cómo correría libre por los anchos pastos, cómo haría temblar la tierra?", presumió. La cigüeña no respondió a aquellas palabras verdes y se deslizó en silencio hacia lo hondo de los juncos. Justo entonces el cielo se oscureció de golpe y un aguacero violento se desplomó sobre las altas montañas.
La tierra reseca se convirtió en poco tiempo en un mar profundo de barro cenagoso. El ternero, confiado en sus patas gruesas y pesadas, intentó correr hacia casa, pero a cada paso se hundía un poco más en el lodo. Cuanto más se debatía, más se le trababan las patas en el cieno, hasta quedar clavado sin remedio donde estaba. La cigüeña de la que se había burlado, en cambio, caminó con gracia sobre el cieno sin hundirse, gracias a sus patas largas y delgadas. La cigüeña sostuvo con el ala al ternero en apuros y lo ayudó a trepar a una roca firme. Comprendiendo su error y lo vano de su soberbia, el ternero bajó la cabeza con vergüenza y dio las gracias a la cigüeña. Menospreciar lo que en los demás parece defectuoso es el mayor de los errores, pues ciega a uno ante su propia impotencia. Come un bocado grande, pero no digas una palabra grande.