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El tejón entre los cerdos

Nivel C2 · 423 palabras

El tejón entre los cerdos

Érase una vez, a la orilla de un viejo bosque por donde fluían con delicadeza las aguas frescas, vivía un tejón orgulloso. Este tejón se enorgullecía del brillo de su pelaje negrísimo y sentía un gran placer al dar lecciones de elegancia a todos los que lo rodeaban. Un buen día, los aromas de nueces y frutas que se extendían desde la ancha granja justo detrás del bosque le hicieron doler la nariz. Al acercarse al origen del olor, vio con asombro a toda una manada de cerdos que se entregaba al desenfreno en el barro y comía con apetito. Vencido por el rugido de su estómago, el tejón orgulloso dejó de lado su repugnancia y se coló entre aquella multitud insaciable. Al principio solo había pensado picar un poco de aquellos sabrosos alimentos y volver enseguida a lo profundo del bosque. Pero el banquete de la mesa era tan dulce que olvidó por completo cómo pasaba el día y el barro que llevaba encima.

Con el tiempo, los modales ruidosos y codiciosos de los cerdos dejaron de parecerle molestos al tejón. El viejo y sabio sabueso de la granja lo vio desde lejos y lo llamó advirtiéndole con amistad. "Oye, hermano tejón, ¿qué hace un animal noble como tú en esta manada ruidosa?" Pero el tejón sacudió la cabeza con jactancia y respondió al sabueso con soberbia. "Yo solo disfruto de estos exquisitos manjares; su suciedad jamás se me pegará." Mientras el sabueso se alejaba con un hondo suspiro, la noche se envolvió de pronto en una oscuridad negrísima. Justo en ese instante llegó el granjero furioso, que quería proteger las cosechas de su huerto, con una gran red en la mano.

Mientras los cerdos, que no tuvieron tiempo de huir, se pisoteaban unos a otros, el tejón también quedó atrapado en la enorme red. Mientras el granjero ataba bien a las criaturas dañinas que había atrapado, el tejón empezó a debatirse de miedo. "¡Suéltame, amigo, yo no soy uno de estos cerdos sucios, solo soy un habitante inocente del bosque!", gritó. El granjero lanzó al tejón una mirada fría y despiadada y apretó aún más el nudo de la red. "No es el pelaje que llevas encima lo que dice quién eres, sino los compañeros que están a tu lado", dijo el hombre con firmeza. "Si compartiste su mesa, sin duda compartirás también su destino", dijo, y se los llevó a todos arrastrando. El tejón tuvo que pagar con arrepentimiento el precio de su soberbia y de sus malas amistades en una jaula oscura. La cercanía que se forma con las personas equivocadas está condenada a dejar hasta las intenciones más limpias a la sombra de la suciedad. Quien se acuesta con perros se levanta con pulgas.