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El soldado y el derviche

Nivel C1 · 390 palabras

El soldado y el derviche

Érase una vez, al borde de un viejo bosque donde corrían aguas frescas, un soldado cansado y un derviche se encontraron. El soldado, que había combatido durante años, volvía a su patria con la espada afilada al cinto y una pesada carga al hombro. El derviche que iba a su lado, en cambio, daba pasos serenos con solo su manto y el bastón de madera en la mano. A lo largo del camino el soldado se jactaba de la fuerza de su espada, mientras el derviche sonreía y guardaba su silencio. Cuando cayó el crepúsculo de la tarde, los dos viajeros se sentaron bajo un plátano imponente para descansar. Unos crujidos misteriosos que venían de lo profundo del bosque cortaron de pronto el silencio de la noche como un cuchillo. De repente, tres bandidos peligrosos con palos en las manos saltaron de entre los arbustos y les cortaron el paso.

El soldado se aferró en seguida a su espada y gritó con ira: "¡No os acerquéis, o haré que todos os arrepintáis!" Cuando los bandidos vieron la actitud fiera del soldado, se rieron aún más fuerte y sacaron sus armas. En ese mismo instante el derviche se puso en pie con calma y se adelantó con una sonrisa humilde. "Bienvenidos, amigos, habéis llegado justo a tiempo para compartir nuestro pan", dijo el derviche con voz suave. Ante aquel recibimiento cálido e inesperado, los bandidos vacilaron un instante y se miraron unos a otros con asombro. El derviche sacó su pan fresco de la bolsa y se lo ofreció a los bandidos con respeto. Lleno de asombro, el soldado tuvo que meter lentamente en la vaina la afilada espada que tenía en la mano.

Las palabras dulces y el pan caliente compartido derritieron en un instante la ira dura en el corazón de los bandidos. Los hombres dejaron sus armas en el suelo, se arrodillaron junto al derviche y pidieron perdón con respeto. Durante toda la noche conversaron junto al fuego y con las primeras luces de la mañana se alejaron de allí en silencio. El soldado orgulloso había visto con sus propios ojos cómo las palabras dulces desataban el nudo que la fuerza bruta no pudo deshacer. Se volvió hacia el derviche, se inclinó avergonzado, y desde aquel día llevó su espada solo por la justicia verdadera. La verdadera fuerza no está en el filo de la espada, sino en la delicadeza del corazón y en las palabras dulces. Las palabras dulces sacan incluso a la serpiente de su agujero.