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El sapo y su hermoso hijo

Nivel C1 · 403 palabras

El sapo y su hermoso hijo

Hace mucho tiempo, en lo hondo de un bosque de hiedra de un verde oscuro, donde las aguas frescas corrían con ímpetu, vivía un viejo sapo. Aquel viejo sapo tenía un hijito moteado que no habría cambiado por nada del mundo y al que consideraba la luz de sus ojos. Para las demás criaturas del bosque, aquella cría era un habitante corriente del lodo; pero a los ojos de su madre era una joya sin igual. La madre sapo encontraba la piel áspera de su hijo más suave que la seda más fina, y sus ojos grandes tan brillantes como diamantes. Mientras tomaba el sol sobre las hojas de nenúfar, jamás se cansaba de alabar la belleza de su cría ni de enorgullecerse de él. Una mañana de primavera, la sabia cigüeña, señora de los cielos, trajo una rama de olivo de oro para entregarla a la cría más agraciada y hermosa del bosque.

Todos los habitantes del bosque empezaron a preparar a sus crías con gran entusiasmo para el desfile, con la esperanza de recibir aquel valioso obsequio. Las gacelas, presumiendo del paso airoso de sus crías, y los pavos reales, de las plumas coloridas de sus hijos, se reunieron en la plaza. Nuestra madre sapo también, sin la menor vacilación, tomó de la mano a su cría y se unió con orgullo a la multitud. Cuando los animales de alrededor vieron el porte seguro del sapo y a su cría de piel rugosa, empezaron a reírse disimuladamente. Un pavo real altivo se adelantó y se burló diciendo: "¿Esa cría enlodada tuya va a competir con mi hijo de plumas de seda?" La madre sapo, con la cabeza bien alta, respondió: "La verdadera belleza no se ve solo con los ojos; la luz de sus ojos es más brillante que todas las plumas del mundo."

La sabia cigüeña examinaba a las crías una por una, sopesaba la gracia de cada una y le costaba decidirse. Cuando por fin la cigüeña llegó junto al pequeño sapo, la cría miró a su madre con ojos llenos de amor y sonrió con sinceridad. La franqueza que apareció en aquel rostro pequeño y el hondo amor por su madre eclipsaron de golpe toda la soberbia y toda la ostentación del bosque. La sabia cigüeña, al advertir aquella belleza desinteresada que brotaba del corazón, dejó la rama de olivo de oro delante del pequeño sapo. La multitud de la plaza, al comprender aquella gracia verdadera más allá de la apariencia, se inclinó en silencio con respeto ante la decisión. Porque cuando se mira con el corazón de una madre, todo hijo tocado por la ternura se convierte en el ser más hermoso del universo. Al cuervo, su cría le parece un fénix.