El ruiseñor y el cazador
Érase una vez, a la orilla de un bosque antiguo por donde las aguas frescas corrían con dulce donaire, vivía un cazador ambicioso. Este hombre era famoso por hacer caer en su trampa a las aves más raras del bosque, cuyas voces eran como el terciopelo. Un buen día, entre las ramas apareció un ruiseñor diminuto de voz dorada, considerado el rey de los ruiseñores. Sus melodías dolientes, que abrasaban los corazones, despertaron enseguida el apetito del cazador codicioso. El cazador extendió la red que había preparado con esmero bajo un roble de hojas plateadas y se puso a esperar con astucia. Al poco tiempo el desdichado ruiseñor, mientras cantaba una dulce canción, quedó atrapado de pronto en la trampa del cazador. El ruiseñor que entró en la jaula, en vez de asustarse, decidió usar su ingenio y se dirigió al cazador con un lenguaje refinado.
"Oh hijo del hombre, mi carne es apenas un bocado y jamás llenará tu barriga", dijo el pajarillo. "Si me dejas en libertad, te daré tres consejos de oro que te guiarán toda la vida." El cazador vaciló al principio, luego, vencido por su curiosidad, aceptó esta oferta. El ruiseñor dijo la primera regla: "No sintáis nunca arrepentimiento ni os aflijáis por las cosas que se os escapan de las manos." Luego añadió: "No creáis jamás una palabra que no hayáis visto con vuestros propios ojos y que no se ajuste a la razón y a la lógica." Cuando el cazador preguntó con emoción por el tercero, el ruiseñor respondió: "Primero déjame en libertad, para que me pose en una rama alta y lo diga." El cazador, que confió en su palabra, abrió lentamente las manos que sujetaban al pajarillo y lo dejó en libertad.
El ruiseñor se posó enseguida en una rama alta de un plátano y empezó a cantar hacia el cazador entre carcajadas. "¡Oh cazador necio, si me hubieras abierto la barriga habrías hallado dentro de mí una perla inestimable del tamaño de un huevo!", gritó. Al oír esto, el cazador empezó con gran rabia a golpearse las rodillas y a llorar por el tesoro que había dejado escapar. El ruiseñor lo miró con ojos compasivos y dijo: "¡Qué pronto has olvidado los consejos que te di hace un instante!" "Mi tamaño está a la vista; ¿cómo podría haber dentro de mí una perla gigante, para que te dejaras engañar enseguida?" Mientras el cazador inclinaba la cabeza de vergüenza, el sabio ruiseñor batió las alas y desapareció en las profundidades del bosque. La persona que no usa su mente no puede comprender el valor de las oportunidades que tiene en la mano ni librarse de ser esclava de falsas promesas. Lo pasado, pasado está; el arrepentimiento tardío no sirve de nada.