El rey y su hermano
Érase una vez, en un reino magnífico por donde corrían aguas frescas, un soberano orgulloso y su humilde hermano. Mientras el rey vivía entre placeres en su palacio de oro, su hermano había elegido llevar una vida modesta entre el pueblo. Uno vivía con los ojos deslumbrados por las riquezas mundanas, y el otro corría tras la sabiduría y la justicia. Las risas que resonaban detrás de las altas murallas del palacio reflejaban la alegría del rey orgulloso, que cerraba los ojos ante las penas del pueblo. El hermano menor, en cambio, vendaba las heridas de los pobres en las calles oscuras de la ciudad y recogía sus oraciones. Un día el rey organizó un gran banquete e invitó también a su hermano a aquella mesa espléndida.
Las mesas estaban cubiertas de frutas raras y de platos deliciosos, y los músicos habían empezado a tocar las melodías más alegres. Pero el hermano humilde prefirió callar con una profunda tristeza en medio de aquel ambiente magnífico. Al ver que su hermano fruncía el ceño, el rey se enfureció, hizo callar a los músicos y se levantó con ira. "Estando entre tanta riqueza y esplendor, ¿por qué no sonríe tu rostro, por qué no compartes nuestra alegría?", gritó. Su hermano se levantó tranquilamente de su sitio y mostró al rey el hilo finísimo que colgaba del techo del palacio. En la punta del hilo, balanceándose justo encima del trono, había una espada afilada y pesada.
"Oh gran rey mío, ¿cómo puedes divertirte tranquilo sin ver este peligro que hay sobre tu cabeza?", preguntó. Cuando el rey miró hacia arriba, se estremeció de horror y se dio cuenta de que el hilo podía romperse en cualquier momento. El hermano sabio le recordó que la propiedad y el reino también son pasajeros, igual que aquella espada colgada de un hilo de algodón. "Un reino que no se gobierna con justicia es como un palacio condenado a derrumbarse en cualquier momento", dijo despacio y claramente. El rey, que bajó la cabeza con vergüenza, sintió que sus ojos, cegados por la soberbia, se habían abierto por fin. Desde aquel día, comprendiendo la responsabilidad que trae la corona, empezó a gobernar a su pueblo con justicia y misericordia. La verdadera grandeza no está en los tronos espléndidos, sino en los corazones humildes que laten con justicia. El árbol que da fruto siempre inclina la cabeza hacia abajo.