El rey y el sirviente
Érase una vez, al borde de un viejo bosque por donde corrían aguas frescas, un palacio espléndido. En este palacio vivía un rey orgulloso que se creía superior a todo lo del mundo. Junto al rey había un sirviente humilde y sabio que le servía con lealtad desde hacía años. Una soleada mañana de primavera, el rey había salido con orgullo a pasear por el amplio jardín del palacio con su capa bordada en oro. El viejo sirviente seguía los pasos del rey en silencio con una bandeja de plata en la mano. El rey levantó la cabeza hacia el cielo y llamó a su sirviente con aire soberbio. "¡Mira estas tierras, hasta los pájaros no pueden batir un ala sin mi permiso!", dijo.
El sirviente respiró hondo, inclinó la cabeza con respeto y prefirió quedarse callado. Pero justo en ese momento empezó a soplar de repente un viento fuerte y vivo. El viento agitó la capa adornada del rey y le arrancó de la cabeza la corona de oro, que cayó en un charco de barro. Además, las motas de polvo que volaban se le metieron en los ojos al rey y lo dejaron de pronto desvalido como un ciego. Gritando de rabia, el rey exclamó: "¿Cómo puede el viento faltarle al respeto a un rey tan grande?" El viejo sirviente se adelantó con calma y recogió con cuidado del suelo la corona embarrada. Mientras el sirviente limpiaba la corona con su pañuelo, miró la cara del rey y sonrió levemente.
Con voz suave el sirviente dijo: "Mi señor, el viento no distingue entre un rey y un sirviente." "Ante la naturaleza todos somos solo mortales, y lo que viene de la tierra vuelve a la tierra", añadió. El rey se detuvo un instante ante esas palabras sinceras y se sumió en hondos pensamientos. Mientras se limpiaba el polvo de los ojos, comprendió claramente cuán ciego lo había vuelto su soberbia. Al tomar de la mano del sirviente su corona ya limpia, le dio las gracias de corazón por primera vez. Desde aquel día fue un soberano más modesto y justo con su pueblo y con los que trabajaban para él. La verdadera grandeza no está escondida en el cargo, sino en el corazón humilde de la persona. Por más que crezca el árbol, no llega al cielo.