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El rey y el poeta

Nivel B2 · 409 palabras

El rey y el poeta

Érase una vez, en la magnífica ciudad de Atenas al borde de un bosque antiguo donde corrían aguas frescas, vivía un poeta sabio. Este hombre elegante llamado Menandro había levantado un trono en el corazón del pueblo con las obras de teatro encantadoras que escribía y con su ingenio fino. Un día el poderoso rey Demetrio, conquistador de las tierras vecinas, entró en esta ciudad antigua con su ejército. El rey de carácter duro esperaba que todos se inclinaran ante él y salieran a su encuentro con emoción. En la plaza de la ciudad se había reunido una gran multitud y había empezado a saludar la majestad del rey con ojos inquietos. Menandro, que se deslizaba entre la multitud, avanzaba despacio con sus ropas de seda y con el olor de lavanda que se extendía alrededor. Los modales sumamente tranquilos y elegantes del poeta llamaron enseguida la atención del rey orgulloso que estaba sentado en su trono.

El rey Demetrio miró de arriba abajo a este hombre de aspecto delicado y gritó con ira a los guardias que tenía al lado. “¿Quién es este hombre soberbio que llega hasta mi presencia y se mantiene tan seguro de sí mismo?” Los guardias dijeron con voces temblorosas que él era el poeta más grande y más querido de la ciudad. Sin hacer caso a las cejas fruncidas del rey, Menandro sonrió con calma y se inclinó con respeto delante del trono. Con un tono de voz dulce dijo: “Mi sublime rey, os doy las gracias por traer paz y orden a nuestra ciudad.” Las palabras que salían de la boca del poeta eran tan fluidas y llenas de sentido que todos en la plaza cayeron en un silencio profundo. Su habla poética calmó de golpe los vientos duros de la ira en el corazón del rey.

Cuanto más escuchaba Demetrio la mente brillante y el habla impresionante del poeta, más admiración empezaba a sentir por él. Se dio cuenta de que detrás del aspecto exterior y de las ropas adornadas había un talento verdadero y una sabiduría profunda. Los ojos del rey, que miraban tan duro, se ablandaron; se levantó de su trono y apretó con amistad la mano del poeta. Desde aquel día el rey preguntó siempre las ideas del poeta sabio sobre el gobierno y el arte de la ciudad. Así la amistad del poder y del arte trajo paz y felicidad a las calles de la ciudad durante largos años. No son las ropas sino las mentes y el bello comportamiento que muestran los que deciden el valor verdadero de las personas. A la persona se la recibe por su ropa y se la honra por su saber.